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    Ricardo J. Bermúdez

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Vicente Pascual E.

by: Ricardo J. Bermúdez

Don Vicente Pascual Esteve murió el 18 de noviembre de 2009 a la edad de 102 años. Qué hermosa coincidencia que el destino lo llamara durante el mes en que Panamá se engalana y recuerda a sus hijos más preclaros. Seguro estoy de que este hombre noble se encuentra hoy, junto a los inmortales de nuestra nación, en ese idílico jardín de guarumos y jazmines, y que está muy cerca al cielo y más allá de la bahía.

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Nació el 23 de octubre de 1950 en la ciudad de Panamá. Estudió Arquitectura en la Universidad de Panamá y luego obtuvo una maestría en Arquitectura de la Universidad de Pensilvania en 1978. Ha presentado trabajos de análisis en la Conferencia Anual de Ejecutivos de Empresa (CADE), el Instituto Latinoamericano de Estudios Avanzados, el vii Congreso Nacional de Arquitectura, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, y la Universidad de Panamá. Adicionalmente fue miembro del consejo editorial del diario El Universal, y columnista semanal del diario La Prensa (1996-1999) y El Panamá América (2000-2002).
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Overview

La caída de la dictadura del general Miguel Primo de Rivera y el descrédito de la monarquía habían posibilitado la proclamación de la Segunda República española como panacea que pretendía sacar al país de su histórico atraso. Sin embargo, los años que van de 1931 a 1936 se convirtieron en fiel reflejo de las contradicciones de la sociedad española. De un lado, muchos pedían un cambio social y económico profundo que acabara definitivamente con el poder oligárquico en España. Del otro, ese mismo poder, apoyado por el ejército y la Iglesia, luchaba por defender su posición privilegiada. Las elecciones de febrero de 1936 únicamente sirvieron para dividir aún más a los españoles y, tras el triunfo del Frente Popular, la oligarquía ya sólo tuvo fe en una acción salvadora del ejército que librara a España de la anarquía y la revolución. Se daba paso así a la guerra civil española.

El 18 de julio de 1936 los militares más conservadores del ejército esañol se levantaron en armas contra la República. Este acto significaba el fin del experimento democrático realizado en España desde abril de 1931. Una nueva Constitución aprobada el 9 de diciembre de ese mismo año definía a España como “una República democrática de trabajadores de todas clases, que se organizaba en régimen de libertad y justicia, declaraba la no confesionalidad del Estado, eliminaba la financiación estatal del clero, introducía el matrimonio civil y el divorcio y prohibía el ejercicio de la enseñanza a las órdenes religiosas”. Nunca antes España había presenciado un periodo tan intenso de cambios y conflictos, como logros democráticos y compromisos sociales. La guerra civil se produjo luego de que el golpe de Estado militar no consiguiera su objetivo de tomar el poder y derribar al régimen republicano imperante. Contrario a lo que ocurrió en otros países durante esa época, en España hubo una resistencia importante y amplia —tanto militar como civil— frente al intento de imponer un sistema autoritario y echar por tierra todos los logros sociales y políticos definidos en la Carta Magna de diciembre de 1931. En enero de 1938 se formó en Burgos el Primer Gobierno Nacional de España, y el militar golpista Francisco Franco asumió oficialmente los cargos de jefe de Estado y de Gobierno. En abril llegaron sus fuerzas a la frontera de Cataluña y se dieron cruentos combates en Alicante, Sagunto y Valencia hasta concluir con la batalla del Ebro, considerada la más feroz de todas y punto decisivo para la eventual derrota republicana.

Del otro lado del Atlántico, Juan Demóstenes Arosemena  —decimoctavo presidente desde nuestra separación de Colombia— gobernaba la República de Panamá entonces. Era febrero de 1938 cuando se inauguraron los IV Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe en la capital, y en junio inició labores la Escuela Normal de Santiago, centro único y de relevante importancia para la formación de docentes a nivel nacional. Atrás quedaron la tercera década de la república y con ella las transformaciones que se daban dentro de la joven nación. Evidente era ya la ruptura político-ideológica de las capas medias y de amplios sectores populares con el liberalismo tradicional, particularmente luego de la aparición de Acción Comunal en 1923, el Sindicato General de Trabajadores y la Liga Inquilinaria y de Subsistencia en 1924. También habían aparecido las corrientes ideológicas de izquierda al igual que agrupaciones a favor de causas varias a nivel internacional. Para entonces ya estaba vigente el tratado General de Amistad y Cooperación de 1936 pactado entre Harmodio Arias y Franklin D. Roosevelt que, sin abrogar el de 1903 mediante el cual se sentaron las bases para la construcción del Canal, modificó un poco la tirante situación existente con los Estados Unidos de América. La anualidad se aumentó a 430 000 dólares y se adoptaron medidas para controlar la competencia desleal de los comisariatos a través de la construcción de edificios para aduanas por parte del gobierno panameño.

En 1938 se estableció la comarca Kuna Yala y Panamá entero llegaba —si acaso— al medio millón de habitantes. Y más de medio millón de personas fue el saldo de víctimas producto de la guerra civil española, triste y absurdo asunto que se desarrollaba en la península ibérica de manera paralela. Dentro de estos avatares —allá y acá— fue cuando Vicente Pascual Esteve decidió dejar su amada tierra y buscar futuro en lo que América pudiese ofrecer. Nacido el 8 de septiembre de 1907 en el pueblo de Chilches, España, hermosa y muy pequeña población con clima típico de la costa mediterránea y dedicada al cultivo de cítricos. Esta villa es un municipio de la provincia de Castellón en la comunidad valenciana, situado en la comarca de la Plana Baja. Vicente Pascual Esteve fue el hijo mayor del matrimonio formado por los valencianos Vicente Pascual Domenech y Ángela Esteve Monfort. También en Chilches nació su hermano Juan, en 1913, hasta que el trabajo de su padre —albañil primero y capataz de cuadrilla después, del ferrocarril de Valencia— lo obligó a trasladarse con su familia a Lérida para dar mantenimiento a la vía férrea entre varias comunidades catalanas.

Ahí llegaron al mundo Ángel el 28 de febrero de 1919 y Víctor el 26 de agosto de 1927. De muy joven asistió Vicente al colegio de los Hermanos Maristas en Lérida, y no terminó siquiera la primaria. Eran tiempos difíciles los que se vivían entonces y donde el énfasis de la educación popular se centraba solo en aprender a leer y a escribir, y a sumar y restar. Cuando concluía la jornada escolar empezaba el apoyo económico con que el joven estudiante contribuía a las necesidades familiares. De esa forma —colaborando con su padre durante tardes y noches en la estación del ferrocarril de Lérida— empezó la decantación de su savia laboral don Vicente Pascual Esteve, experiencias que le inculcaron temprano el valor de la responsabilidad, la faena sin horario y el compromiso con los suyos de manera incondicional. Después del tiempo que bregó, formal e informalmente, con el ferrocarril de Valencia incursionó en un campo que definiría mucho su futuro empresarial.

A la edad de veinte años comenzó una relación laboral como administrativo de nivel medio en la empresa “Mangrane” la cual se dedicaba —entre otras cosas— a la compra, distribución y almacenamiento de alimentos y aceites provenientes del área de Lérida y de Cataluña en general. En 1930 renunció al puesto que desempeñaba en dicha empresa y comenzó su andar como agente comercial independiente, vendiendo —en esencia— los mismos productos que en su trabajo anterior, adicionando los vinos y cavas de la casa “Codorníu” que se embotellaban en las inmediaciones de su campo de acción.

Vicente Pascual Esteve combinó de manera balanceada el amor por el trabajo y su pasión por el fútbol. Desde finales de los años veinte participó en las ligas que patrocinaba su antiguo colegio, cuenta habida que dicho deporte era ya muy popular en Cataluña, particularmente en las comarcas alrededor de Lérida. 1931 fue un año de especial importancia para Vicente Pascual Esteve pues no solo se involucró con los movimientos juveniles de la época —de manera especial con la Izquierda Republicana Catalana— sino que también formalizó relaciones sentimentales con quien fuera su amor de entonces. El 2 de noviembre, en la parroquia de Santiago el Mayor, en Zaragoza, desposó a Marina Barquero estableciendo luego hogar en Lérida, ciudad donde nació su hijo Vicente Pascual Barquero en octubre de 1932. Una amistad de varios años con la familia Vilá Claramunt  —complementada con la experiencia adquirida por esfuerzo propio en el campo comercial— contribuyeron a que aceptara el puesto de secretario del comisario para Asuntos Económicos y Banca de la Generalitat en Lérida desde principios de 1936 hasta enero de 1938. Fue entonces cuando llegó el momento de decisiones tristes y trascendentales para Vicente Pascual Esteve. En enero de 1938 se había formado en Burgos el Primer Gobierno Nacional de España, y Francisco Franco ostentaba, simultáneamente, los cargos de jefe de Estado y de Gobierno.

Poco a poco alcanzaron sus tropas la frontera de Cataluña y se dieron violentos combates en Alicante, Sagunto y Valencia. Y luego vino la batalla del Ebro, sin duda alguna la más sangrienta y larga de todas las que se dieron durante la guerra civil española, la batalla se desarrolló entre junio y noviembre de 1938 en el valle del Ebro, específicamente entre las provincias de Tarragona y Zaragoza. Ya en febrero, Francisco Franco había lanzado una ofensiva en Aragón, y otra parte de su ejército penetró parte de Cataluña donde cayó Lérida luego de fuerte resistencia por parte de las tropas republicanas acantonadas en el lugar. Frente a los brutales resultados producto de la conflagración de marras se sumó el éxodo de españoles republicanos hacia la frontera con Francia, a finales del conflicto. A mediados de noviembre cesaron los combates y la caída de Cataluña —y, por ende, la toma final de Barcelona y el fin de la Segunda República española— se produjo en enero de 1939. A manera de referencia necesaria, y digna de ser conocida por todos, pocas horas después de anunciar la derrota del ejército republicano, Francisco Franco —llamado ya el Generalísimo por sus seguidores— recibió un telegrama de Pío XII, quien había sido elegido papa el 2 de marzo de ese mismo año tras la muerte inesperada de su antecesor Pío xi. La nota de marras es del tenor siguiente:

LEVANTANDO NUESTRO CORAZÓN AL SEÑOR, AGRADECEMOS, CON V. E., DESEADA VICTORIA CATÓLICA ESPAÑA. HACEMOS VOTOS PORQUE ESE QUERIDÍSIMO PAÍS, ALCANZADA LA PAZ, EMPRENDA CON NUEVO VIGOR SUS ANTIGUAS Y CRISTIANAS TRADICIONES QUE TAN GRANDE LA HICIERON.

Sobra cualquier comentario sobre tan infortunada nota, particularmente por ser tan ciega y complaciente con la espantosa realidad de España entonces y en los años por venir. “La Retirada” —como se conoció ese gran exilio de 1939— llevó a Francia cerca de 450 000 refugiados españoles. Dicho país no estaba preparado para el arribo de tantos asilados, y menos para poder ubicarlos en los poblados del departamento de los Pirineos Orientales por no contar con la infraestructura apropiada para atender semejante éxodo. Los que pudieron quedarse —en especial hombres civiles y antiguos combatientes del ejército republicano— fueron recluidos en campos de internamiento o concentración. En España, por otro lado, los fusilamientos no cesaban, y las persecuciones de todo tipo a los que no habían tenido la fortuna de salir se convirtieron en cosa de todos los días hasta entrada la década de los setenta. De Julián Casanova, en su escrito El exilio y el comienzo de la posguerra en el interior es la descripción siguiente:

Las familias de los condenados rojos debían saber cargar con el estigma de los vencidos. Rojas y mujeres de rojos eran lo mismo. Se las podía violar, confiscar sus bienes. Había que vigilarlas, reeducarlas y purificarlas, con aceite de ricino si era necesario, para que arrojaran los demonios de su cuerpo. Como portadoras de culpa que eran, comenta Michael Richards, se les rapaba la cabeza, una imagen cotidiana de los años cuarenta, para que los vencedores señalaran todavía más a la «pelona».

Vicente Pascual Esteve fue afortunado y llegó a Francia junto a su hermano Juan antes de que se tomaran medidas extremas frente a la ola de refugiados que día y noche cruzaban la frontera. Las atrocidades vividas durante los combates en Cataluña no auguraban buen final a todo aquel que hubiese simpatizado con la causa republicana. Los modestos ahorros, producto del trabajo de años, quedaron a buen recaudo para mantener así a su convaleciente esposa y su pequeño hijo hasta que las condiciones de su aún incierto destino fueran apropiadas para reunirse nuevamente. Fue así como, después de deambular por tres meses entre varias ciudades del sur de Francia y siguiendo la recomendación de un amigo de la familia, Vicente y Juan deciden viajar a América. Luego de abordar el carguero Oropesa en el puerto de La Rochelle, y tras una breve escala en La Habana, los dos primeros hermanos Pascual desembarcaron en el puerto de Cristóbal en Colón el 16 de junio de 1938. Más tarde el mismo día se trasladaron a la ciudad de Panamá, y su primer pie en la capital fue al bajar del tren en la estación que entonces existía en la plaza 5 de Mayo.

El 15 de julio de ese mismo año, don José Riba —miembro del incipiente grupo comercial Endara Riba— firmó los documentos de legalización y permanencia para ambos en la República de Panamá. Su albergue transitorio fue el hotel Colón, entonces propiedad de la familia Vilá, también españoles originarios de Lérida. Su residencia formal se constituyó en dos habitaciones que alquilaron dentro de la casa de Gregorio y Esperanza Miró, en inmediaciones de la Catedral Metropolitana. Era entonces un Panamá bucólico, juvenil y colmado de oportunidades para aquellos que habían conocido los frutos del trabajo honesto y tenaz desde temprano en su adolescencia. Fue dentro de ese escenario —y casi que de manera inmediata— cuando Vicente Pascual Esteve dio sus primeros pasos dentro de muy básicas actividades comerciales en nuestro país.

Hoy 30 de marzo de 1939, hace un año que crucé la frontera española para dirigirme al valle de Arán, rincón de España al que necesariamente había que dirigirse. Aniversario de mi salida de España, dejando en ella seres muy queridos, relaciones muy estimadas, posición lograda con el sudor de trabajo propio y esfuerzo moral y material. Crucé la frontera franco-española sin orientación, sin amigos y sin fortuna suficiente para afrontar la vida.

Así empieza una nota de Vicente Pascual Esteve a su primo Pepet Esteve en su natal Chilches, y que redactó cuando obtuvo su primer trabajo formal en suelo panameño. De ese cariño y respeto mutuos dio fe Rosario Esteve, agregando que el último encuentro entre ambos fue al momento de salir Vicente a Francia. Nunca más volverían a encontrarse frente a frente. Su primer trabajo formal lo desempeñó como contralor de la empresa “Productos Suavel, S.A.” que don Pedro José Ameglio tenía en la calle Juan B. Sosa en el barrio de Calidonia. Al otro lado del Atlántico los tambores de guerra volvieron a retumbar en sus oídos: el 1 de septiembre de ese 1939 Alemania invadió Polonia, comenzando así la segunda conflagración mundial.

Por dos años laboró con el comercio de la familia Ameglio, y en 1941, Vicente y Juan Pascual alquilaron una pequeña abarrotería también en el sector de Calidonia. Allí comenzaron sus primeros negocios personales, casi que a la par cuando llegaba al Istmo su hermano Ángel. Los detalles puntuales no se conocen a ciencia cierta pero todo indica que, gracias al producto de un préstamo por quinientos dólares pactado con el Chase Manhattan Bank, Vicente Pascual Esteve adquirió una furgoneta de segunda mano del ejército norteamericano para emplearla en el trasiego de víveres entre la capital y el interior del país.

El ambiente bélico global —particularmente por la presencia en Panamá de tropas norteamericanas involucradas en dicho conflicto, además de la negativa de otros para llevarlo a cabo dadas las distantes y difíciles condiciones que prevalecían entonces— favoreció para que este negocio prosperara adecuadamente. Por comentarios verbales se sabe de los viajes comerciales a la campiña istmeña, en particular de su trato con la familia Medina de Santiago de Veraguas. En aquel tiempo, la vía pavimentada llegaba solo al poblado de Río Hato donde existía una base militar estadounidense en sus inmediaciones. En junio de 1943 Vicente Pascual Esteve se asoció con Constantino Cainis, formando la empresa Cainis y Pascual Ltda.

Esta compañía se dedicó, tanto a la importación y exportación de bienes, como a la compra y venta de mercaderías y productos naturales al por mayor, además de la representación de diversas casas comerciales internacionales. De manera paralela, dicha empresa compró el cincuenta por ciento de “La Venezolana”, pequeño negocio ubicado en la avenida “B” y dedicado a la producción de pan y sus derivados. También en 1943, Vicente Pascual Esteve contrajo nupcias con Diana Quinzada Almendaris, y de este matrimonio nacieron Diana y Roberto Pascual Quinzada, en 1945 y 1950 respectivamente. En 1945, y luego de comprar la maquinaria que existía en “La Venezolana” pagando su cuantía vía trueque con el valor de su participación en dicho negocio, tres de los cuatro hermanos Pascual Esteve —Vicente, Juan y Ángel, cuenta habida de que Víctor era muy joven y solo trabajó sin asociarse dentro de las actividades comerciales de la incipiente corporación familiar— formaron el Grupo Pascual. Desde su arribo a Panamá, Vicente Pascual Esteve compartió los fines de semana con sus amigos catalanes que habían venido al Istmo en busca de mejor fortuna. En un lugar de Pueblo Nuevo celebraban los cumpleaños de los niños, los adultos bailaban sardanas con el traje típico y las mujeres —de pañuelo en mano, peineta y mantilla al hombro— disfrutaban de la vida comunal en la masía.

La ancestral tradición catalana de la masía se trasladó a Panamá para convertirse en un hecho real en nuestro país. Sobre sus orígenes y contenido esencial, Josep Pla escribió lo siguiente:

Su asentamiento sobre la tierra no obedece nunca a ningún capricho; está justificado por razones de utilidad, generalmente diversa. La realidad meteorológica, a veces una cuarta al este, otras al oeste. Excepto las posadas en la llanura abierta, la necesidad de encontrar un abrigo del viento dominante explica su presencia. La proximidad del agua, del bosque, la calidad de las tierras, son factores determinantes de la situación.

Su carácter estético y organizativo es colectivo y vertebrado en la tradición rural, del mismo modo que los gremios elaboraban productos pegados al sentido de la proporción, practicidad y preferencias del territorio. El resultado del trabajo para alcanzar un ideal de explotación fue el surgimiento de un lenguaje de patrones compartido y pegado al sitio donde lo desarrollaban. De un recorte aparecido en La Estrella de Panamá el 31 de marzo de 1945, asunto ligado a la Pascua y la llegada de la primavera, y que en su tierra natal se celebra como La Festa de les Caramelles, son estas estrofas dedicadas a dicha institución patrimonial:

Gloria catalanes, canten Canten con ánimo. Un grito y una sola voz: ¡Viva la Patria! Nuestra tierra es redimida. El gran momento nos ha llegado Fuera los ultrajes Lejos la mentira Nadie nos reprenda Nuestra libertad.

Vicente Pascual Esteve —de muy humilde origen y criado dentro de férreas tradiciones valencianas— aprendió temprano que la escasez y las limitaciones no reñían con el placer de una velada en mesa, como tampoco disfrutar ese momento de interacción sublime alrededor de una comida, por más sencillo que fuese el plato a compartir. Ese momento tuvo siempre un significado especial, y donde se aprovechaba la velada para narrar vivencias previas. La asistencia —particularmente la puntualidad— a sus convites en casa tenía un muy especial significado de respeto y aprecio por la unión, ya fuese amical o familiar, pues Vicente Pascual Esteve no era persona que disfrutara de los eventos sociales que en Panamá se daban en esa época.

 

Filántropo

En el año 1935 llegó al Istmo Vernon Galloway —representante de la Asociación Internacional de Clubes de Leones— para sentar las bases de dicho organismo cívico en nuestro país. El primero de todos se fundó en Cristóbal, en la ciudad de Colón, seguido por el Club de Leones de Panamá, asunto que inició el 25 de septiembre de 1935. Vicente Pascual Esteve ingresó al Club de Leones de Panamá en el mes de junio de 1946. Desde entonces colaboró ardua y desin- teresadamente en favor de las muchas causas altruistas que dicho club patrocinaba en el Istmo entonces. Su rol dentro de una de importancia singular dibuja su desprendimiento y compromiso con el mejoramiento social que demandaba el país entonces. En 1939 el doctor Rodolfo Arce —en esos momentos encargado de la sala pediátrica que funcionaba dentro del hospital Santo Tomás— había presentado al Club de Leones de Panamá la propuesta de construir una infraestructura de salud enteramente dedicada a los niños.

La idea no prosperó hasta casi una década después cuando, en febrero de 1947, don Pablo Durán, presidente del club entonces, nombró un comité ejecutivo y una comisión especial de colectas para iniciar la campaña en pro del hospital del Niño de Panamá. Dicho comité estuvo presidido por el león Raúl Rubio y formado por los leones Vicente Pascual Esteve, Pablo Durán, Gustavo Trius, Enoch Adames, Gonzalo Sosa, Leopoldo Benedetti y Pedro Vasco Núñez. La cifra meta se estableció en doscientos cincuenta mil balboas, y en el parque de Santa Ana se construyó un indicador simulando un termómetro gigante para mantener informada a la población sobre el progreso de la recaudación. Obtenidos los fondos y adecuado el terreno asignado por don Enrique Jiménez —presidente de la República de Panamá en esos momentos— se procedió con los trámites que demandaba tan importante tarea. La primera piedra fue colocada en ceremonia solemne el 1 de noviembre de 1947, iniciándose formalmente la construcción del hospital del Niño el 14 de mayo de 1948. La obra terminada se entregó el 31 de enero de 1950, y su inauguración se realizó más adelante con la presencia de Arnulfo Arias Madrid en calidad de jefe del Ejecutivo, monseñor Francisco Beckman, en representación de la Iglesia católica y don Vicente como rector del Club de Leones de Panamá.

Aparte de las instalaciones físicas que se construyeron en las inmediaciones de la avenida Balboa, la insistencia de don Vicente en crear un patronato mixto resultó la fórmula que, sin duda alguna, ha garantizado la viabilidad administrativa del hospital del Niño por más de sesenta años. También le tocó a don Vicente trabajar en el proyecto para establecer las Colonias Infantiles de Verano, asunto apoyado igualmente por el Club de Leones de Panamá a la par que el hospital del Niño en 1947, y que se terminó de construir el 8 de abril de 1951. Desde entonces dichas colonias han brindado ayuda física y espiritual a miles de niños y niñas de escasos recursos, ofreciéndoles, entre otras cosas, tres semanas de atención completa durante sus vacaciones escolares.

 

Empresario

El Grupo Pascual se fundó en 1945 y el 26 de octubre de 1946 comenzó la producción de galletas, caramelos y bocadillos bajo las marcas “Pascual”, “Delicia” y “Dorados”. El 16 de diciembre del mismo año el grupo formó otra empresa, Panificadora Moderna, y empezó la fabricación de pan tipo pullman, asunto que comercializó bajo la marca “Ideal”. Sin embargo, es importante destacar que, desde 1944, ya habían comenzado a producir artesanalmente productos derivados de la harina. Con el empleo de un horno de parrillas —ubicado en una galera en Vista Hermosa y donde luego se construyó la primera fábrica del grupo— salieron al mercado los originales bizcochos y otras golosinas similares. Fueron tiempos duros esos. Según palabras de Darío Selles, muchos años después, la actividad industrial que presidía don Vicente “comenzó con más deudas que ahorros, y con una planilla que apenas alcanzaba la increíble cifra de cuatro personas”. Sin embargo, y a pesar de este muy modesto inicio, el Grupo Pascual llegó a contar con doce empresas interrelacionadas y mil doscientos empleados afiliados a tres sindicatos independientes. Basado en una sólida fusión de amor por el trabajo honrado para optar por objetivos determinados, aglutinado todo gracias a una moral ciudadana y valores familiares de extraordinario peso, don Vicente logró —no solo la consolidación de sus empresas y el bienestar del grupo y sus trabajadores— sino también predicar con el ejemplo para así contribuir al perfeccionamiento ético y social de Panamá y su gente.

Don Vicente llegó a disfrutar su éxito en los negocios que emprendió a lo largo de su prolongada vida en Panamá, compartiendo dichos logros con sus constantes y desinteresados aportes filantrópicos. Ya entrado en sus noventa años, don Vicente asistía a su oficina diariamente, con la puntualidad de la que hizo gala siempre y ataviado de traje y corbata sin importar los rigores climáticos que agobian a Panamá todo el año. Dicen que, aunque hubiese terminado su faena diaria, no regresaba a casa antes de que sus subordinados abandonaran la oficina. Pregonaba con frecuencia que había que aprovechar el tiempo para lograr las tareas de la empresa, pero balanceando ese empeño con el tiempo necesario para compartir en familia y atender las necesidades de casa. Daba gran valor al trabajo de la mujer y la definía como importante punto de apoyo del hogar panameño. Mencionó en diversas ocasiones que la fidelidad de la mujer en el trabajo era consecuencia directa de la responsabilidad que llevaba en sus hombros dadas las deplorables condiciones sociales que sufrían tantas madres solteras en nuestro país. Pocas empresas se atrevían a emplear mujeres sin calificación y que llegasen luego a alcanzar estabilidad en el trabajo.

Don Vicente promovió dichas contrataciones en igualdad de condiciones, siempre y cuando se respetasen las reglas de comportamiento ético y gestiones dentro de las empresas del grupo previamente establecidas. Sin abandonar su membresía y entrega al Club de Leones de Panamá, don Vicente también dirigió los destinos del Consejo Nacional de la Empresa Privada por un tiempo; fue miembro de la Asociación Panameña de Ejecutivos de Empresa, la Cámara de Comercio y el Sindicato de Industriales de Panamá, institución que presidió durante el período 1970-1971, justo cuando se celebraron las bodas de plata de dicho organismo. Su preocupación por mejorar la situación de Panamá y sus instituciones era permanente, lo cual se comprueba en una nota dirigida a su hijo Vicente Pascual Barquero —estudiante universitario en Buenos Aires en 1957— de la que se reproduce el siguiente párrafo:

Aquí seguimos la vida rutinaria de siempre. En cuanto al ambiente nacional, continúa con rareza, por no decir desconcierto. Actualmente el Gobierno ha llevado a discusión pública, la conveniencia o no de aumentar los servicios del Seguro Social con la consiguiente elevación de cuotas al mismo. Se ha desencadenado una tormentosa polémica, que tiene que hacer fracasar tal iniciativa y hacer ingrata la sugestión gubernamental. El Seguro Social en Panamá es un problema muy difícil, porque ha tenido influencias políticas en su administración y las inversiones no son las adecuadas del caso para una institución de tal índole. Por ejemplo: debe por cuotas y obligaciones vencidas al Seguro 8 millones de dólares. Y los préstamos o inversiones prestadas al Gobierno suman 27 millones. El panorama desconcertante se presentará dentro de muy pocos años en que existirán obligaciones del Seguro para con los asegurados en las jubilaciones y la Caja de Seguro Social no tendrá posibilidades de atenderlos.

Los puntuales y preocupantes vaticinios que don Vicente formulara en 1957 se cumplieron años después con certeza meridiana. Desde aquella advertencia, la Caja de Seguro Social ha adolecido de una dificultad monetaria estructural, particularmente en el fondo relacionado con las pensiones de vejez, invalidez y muerte. A pesar de no haber militado en partido político alguno durante los 71 años que vivió en nuestro país, don Vicente sí prestó atención minuciosa al comportamiento gubernativo istmeño. Quizás haya sido por sus andanzas de juventud con el ala republicana y los grupos de izquierda en su madre patria —o más seguro por su permanente afán de mejorar las condiciones socioeconómicas y culturales de sus semejantes basándose en genuinos esquemas éticos y equitativos para todos— sean tan francas sus observaciones sobre el proceder y la conducta de la cosa pública panameña. De la misma carta arriba citada son las dos reflexiones que se transcriben para ilustrar lo antes expuesto:

Todos estos líos hacen que la situación sea fea, muy fea; pues Panamá no tiene recursos de ninguna clase, y sin embargo las necesidades de la creciente población van aumentando progresivamente de una manera alarmante. La oposición política al actual Gobierno se ha organizado y frente a ella está Temi Díaz, actual primer vicepresidente de la república. Está tomando un cariz desorientador. Nadie tiene confianza en nada y las perspectivas son deplorables.

 

Aquí es necesario hacer un paréntesis histórico. Atrás había quedado el magnicidio del presidente José Antonio Remón Cantera, el 2 de enero de 1955 —amén del absurdo juicio y condena posterior a su genuino sucesor José Ramón Guizado Valdés— cuando asumió la jefatura del Estado Ernesto de la Guardia Navarro, el 1 de octubre de 1956. Tanto Remón como De la Guardia llegaron al poder vía la Coalición Patriótica Nacional. Para muchos don Ernesto ha sido uno de los mandatarios más progresistas del país, pero tuvo que lidiar con situaciones muy delicadas como el levantamiento del Cerro Ture, el “Temitín” mencionado previamente en la nota de don Vicente, los problemas dentro del campo de salud, la Marcha del Hambre, la rebelión estudiantil de 1958, una huelga general de brazos caídos y el fallido golpe de Estado del 26 de abril de 1959, asunto liderado por Roberto Arias Guardia y apoyado por la recién instaurada revolución cubana dirigida por Fidel Castro.

En Panamá existe una ignorancia de principios ya políticos como éticos y morales, que da miedo. La gente ignora siempre sus deberes y avaricia sus menguados derechos sin importarle nada más que lo suyo o para sí, aunque no sea suyo.

Sobre ésta y otras reflexiones basó su derrotero don Vicente en Panamá. Del amor por el trabajo abnegado y su férrea honestidad dan fe quienes tuvieron el privilegio de acompañarlo diariamente en sus faenas. Dicen que escuchaba con gran atención y aprendía mucho de la gente, pero siempre con la intención de conocer a fondo a su interlocutor. Con suspicacia obtenía más de lo que en apariencia daba. Era muy educado, caballero y risueño, pero a la vez serio y muy formal, e impactaba a todos con su rápido y decidido andar.

Don Vicente nunca quiso utilizar calculadoras, aunque se las ofrecieran. Cuentan que sumaba a mano, y sin equivocarse, cantidades grandes con facilidad impresionante. Así manejó sus empresas toda la vida, y más de una vez corrigió a contadores y profesionales financieros en sus cálculos matemáticos sobre un tema dado. Sin embargo, apoyó siempre los desarrollos tecnológicos dentro de los negocios, llegando a ser el Grupo Pascual el segundo consorcio comercial panameño en tener un sistema de computadoras para el manejo diario de sus operaciones.

Con todo y la queja continua sobre los gastos de “la bendita computadora” no puso cortapisas a los procesos de modernización y así lograr un mejoramiento sostenido en los sistemas de comunicación, producción y distribución de los productos que fabricaban en distintos puntos del país. Don Vicente también fue un hombre con una visión empresarial poco común en nuestro medio. Tal era su pasión por la industria y sus componentes que no escatimó detalle para cerrar el ciclo completo en la fabricación, empaque y distribución de los productos que a diario elaboraba el grupo que representaba. Es por eso que tomó la decisión de adquirir Celloprint, S.A., compañía dedicada a la producción de empaques flexibles, y de esa forma garantizar la calidad y tiempo de entrega del embalaje adecuado para la mercancía a mercadear. Relata Roberto Pascual Quinzada que su padre le pedía que ordenara y clasificara los discos y libros que reposaban en su estudio, y muchas veces que buscara algo específico en la enciclopedia Espasa Calpe que allí mantenía.

Con el paso de los años descubrió que don Vicente había empleado ese método para inculcarle el hábito de la lectura y compartir con él su orgullo de ser autodidacto. Narra también que los domingos, cerca del mediodía, el olor a cigarro y las notas de la música clásica tomaban posesión de la residencia luego de haber pasado su padre media mañana en la oficina y las plantas industriales en la revista habitual de fin de semana. Antes de salir temprano don Vicente pasaba a su dormitorio y le decía: “Te va a dejar el tren de la vida”. La respuesta malhumorada del joven recordándole que era domingo la contestaba de inmediato: “Cierto que es domingo, Roberto, pero el domingo solo tiene 24 horas, y hay que aprovecharlas”. Lo metódico y disciplinado de su carácter se reflejaba no solo en los negocios sino en su vida personal. Don Vicente llegaba a casa alrededor de las seis de la tarde para compartir un momento familiar al que él llamaba “la fiestecita”.

El modesto evento consistía en reunirse con todos a intercambiar las impresiones del día mientras los mayores degustaban de una copa o dos antes de cenar. De estas reuniones nació la frase “No hacer tarde”, expresión muy propia de él y sus raíces, y que enfatizaba su obsesión con la puntualidad. Pasados los años, y con la participación ya de sus nietos, la familia se reunía todos los domingos en casa de don Vicente para disfrutar “la picadera”, evento previo al almuerzo y que consistía de una procesión de tapas que incluían, entre otras cosas, caracoles, coca catalana, aceitunas y otras viandas que evocaban su vida en España, mucho tiempo atrás. Algunos piensan que sus primeros oficios en el ferrocarril de Valencia le inculcaron ese apego estricto por el horario; otros sostienen que era su manera de demostrar respeto por quien hubiese tenido a bien convidarlo a un evento en particular. Lo cierto es que si le invitaban a cenar a las siete, entonces a las siete en punto sonaba el timbre de la residencia de quien ofrecía el evento.

Dicen que muchas veces esperó en el automóvil hasta que fuese la hora exacta, esgrimiendo como excusa de su obsesiva puntualidad que la postergación le daba oportunidad de conversar con el conductor y conocer sus opiniones y problemas. Al contrario de la mayoría, don Vicente gustaba de pagar impuestos al fisco local. Aunque resulte extraño, evitaba —así fuera lícito el procedimiento— bajar el monto vía deducciones. Quizás esta infrecuente política obedecía a una forma muy sui géneris de dar su agradecimiento al país que le abrió sus puertas en 1938. Así también fue su reconocimiento como cliente leal del Chase Manhattan Bank. De todas maneras prefería comprar la maquinaria y todo lo necesario para sus negocios al contado para no pagar intereses. Y si bien fue leal siempre con dicha institución, llegó a poseer importantes inversiones en otros bancos y compañías de seguros. Se había mencionado que en 1936 Harmodio Arias y Franklin Delano Roosevelt habían pactado, entre otras cosas, medidas para controlar la competencia desleal de los comisariatos a través de la construcción de edificios para aduanas por parte del gobierno panameño. No solo el lacerante tratado Hay–Bunau-Varilla hizo mella en el alma del pueblo panameño pues las condiciones del comercio local —y por ende la calidad de productos que se podían adquirir y el desarrollo pleno de tan importante sector— estaban profundamente afectadas por el gran contrabando que provenía de la antigua Zona del Canal.

El Grupo Pascual incursionó también en México, tratando de replicar el modelo desarrollado en Panamá en décadas anteriores. Sin embargo, y dada la estrechez de mercados —además del control absoluto de la materia prima— obligaron a cerrar operaciones en ese país en corto tiempo. Don Vicente también participó en la Comisión Arancelaria local por varios años. Este tema, delicado y de difícil manejo, y que data de los albores mismos de la república, fue asunto de discusión continua entre los liberales y conservadores en 1903, hasta bien entrado el siglo xx y las nuevas realidades del espectro comercial en suelo istmeño. Resulta que la producción local —ya sea industrial o agropecuaria— cayó dentro del conflicto surgido entre el proceso económico de sustitución de importaciones y la promoción de exportaciones imperante y las nacientes políticas del libre comercio y el neoliberalismo. Importantes grupos económicos locales dominaban los recursos primarios, y por medio de la política, controlaban la protección a dichos insumos. Una de las principales adversidades que tuvo que enfrentar el Grupo Pascual fue la reducida vocación industrial de Panamá, cuestión que se constituyó en un permanente reto a la productividad y desarrollo de este sector.

El tema de los insumos, aranceles y monopolios imperantes en Panamá —aparte de su condición como país de tránsito con vocación de servicio y con muy limitada capacidad de mercado, tanto local como de exportaciones— poco a poco fue mermando la rentabilidad de la industria nacional obligando a seguir el paso tomado por las cervecerías, las plantas de cemento, la industria de lácteos y otras más. La venta del Grupo Pascual se produjo en 1998, y no como simple decisión económica sino como una movida estratégica dadas las condiciones prevalecientes dentro del mercado local. Si bien las empresas que lo conformaban eran modernas, eficientes y competitivas, los factores externos se habían constituido en real amenaza para el crecimiento futuro de las compañías del grupo. La tradicional vocación comercial, y no industrial, de Panamá corroboraba esta decisión. Alejado ya de las faenas propias de fábricas y distribución de productos, don Vicente no abandonó su entrega al oficio diario. Entre gestiones filantrópicas y directivas empresariales distribuyó entonces su más holgado tiempo, haciendo espacio para la lectura y su amor por la fotografía. No permitió nunca que el orgullo lo empachara frente a la gloria merecida. Su interminable gestión por el desarrollo de Panamá siguió como norte permanente durante el largo tiempo que permaneció en suelo istmeño. Para don Vicente el trabajo no fue una forma más de llevar la vida sino la razón misma de su altruista existencia. A pesar de haber viajado por el mundo —siempre detrás de empresas y quimeras— nunca más volvió a España desde que saliera en 1938. Perennes en la memoria quedarían su natal Chilches, junto a Lérida, Valencia y Zaragoza. Sus recuerdos y costumbres los entremezcló con las bondades que le obsequió la tierra nueva donde moró la mayor parte de su muy prolífica vida.

 

 

Epílogo

“La mejor melodía no es otra que el recuerdo de los grandes espíritus”, dijo Gonzalo Brenes Candanedo durante un almuerzo hace ya buen tiempo. Aprovecho tan excelsa cita para revivir la última visita que le hiciera don Vicente a mi padre en su lecho de enfermo. El silencio —esa cadencia muda que cantan aquellos venturosos que han entendido el tiempo— prevaleció a lo largo de la hora que tomó el encuentro. Solo unas cuantas lágrimas se atrevieron a romper el encanto durante aquella conversación sin palabras que sostuvieron dos amigos y compañeros fieles de muchas causas nobles. Don Vicente Pascual Esteve murió el 18 de noviembre de 2009 a la edad de 102 años. Qué hermosa coincidencia que el destino lo llamara durante el mes en que Panamá se engalana y recuerda a sus hijos más preclaros. Seguro estoy de que este hombre noble se encuentra hoy, junto a los inmortales de nuestra nación, en ese idílico jardín de guarumos y jazmines, y que está muy cerca al cielo y más allá de la bahía.

 

 

Referencias bibliográficas

El Ejecutivo, APEDE (1984, julio-agosto). “Habla el Ing. Vicente Pascual”.

El País (1950, sábado 25 de noviembre). “Los Leones no deben asistir a la inauguración del Hospital del Niño, dice Marco A. Robles”.

Mundo Gráfico (1950, 2 de diciembre). “El Hospital de Niño es una verdadera propaganda de humanidad”.

Sinclair, Emilio (1991, 30 de mayo). “Accidentalmente llegaron a Panamá los hermanos Vicente y Juan Pascual”, La Estrella de Panamá.