Sucesos de Cerro Tute
On junio 21, 2017 | 0 Comments

Por Efebo Díaz

 

En los primeros días de abril de 1959 los periódicos y la radio anunciaron que en la provincia de Veraguas un grupo de jóvenes, integrantes del Movimiento Acción Revolucionaria (MAR), habían proclamado el inicio de la revolución que derrocaría el Gobierno del presidente Ernesto de la Guardia Jr. De la Guardia Jr. había sido elegido tras un periodo de complicadas situaciones políticas, producidas por contradicciones oligárquicas que culminaron con el asesinato del entonces presidente, coronel José Antonio Remón Cantera, en 1955.

El primer vicepresidente, don José Ramón Guizado, fue apresado y lo sucedió don Ricardo Arias Espinosa, segundo vicepresidente. El nuevo mandatario recibió el país afectado por el desempleo, la mala situación económica, la restricción de las libertades y la persecución de opositores. La administración anterior había aniquilado las organizaciones sindicales, magisteriales y la Federación de Estudiantes de Panamá (FEP), de larga y aguerrida lucha patriótica, antioligárquica y antiimperialista. Se declaró fuera de la ley a quienes resultaban calificados de comunistas, sin derecho a trabajar en el gobierno, y profesores acusados de marxistas fueron despedidos de sus cátedras. Eran años de la llamada Guerra Fría, época de confrontación política entre los dos bloques mundiales, el capitalismo y el socialismo.

La ultraderecha estadounidense engendró la doctrina de destrucción ideológica masiva llamada “macartismo”; desató una intensa cacería de brujas continental, de radical intolerancia. Aquella cruzada poderosa, de recursos ilimitados y dominio sobre las autoridades públicas, arrasó América. La Agencia Central de Inteligencia (CIA) fue la punta de lanza: promovió golpes de Estado y la instauración de dictaduras militares sanguinarias. Fueron perseguidos y encarcelados científicos, artistas, escritores, obreros, políticos, estudiantes y profesores, e incluso, ejecutó desapariciones de líderes populares en la región.

Libros y revistas que atentaban contra la “democracia” fueron quemados públicamente. En mayo de 1958 la Guardia Nacional reprimió el renaciente movimiento estudiantil, y dejó más de veinte muertos y cientos de heridos, entre estudiantes y obreros. Hecho sin precedente en la historia represiva de la república que debilitó la imagen del Gobierno de don Ernesto de la Guardia. Otro acontecimiento que ejerció influencia en la población fue la guerra revolucionaria desarrollada en Cuba contra el dictador Fulgencio Batista Zaldívar, que culminó con el triunfo del comandante Fidel Castro, el primero de enero de 1959. Aquellos vientos insuflaron de rebeldía a la juventud panameña. Para rematar, en los primeros días de febrero de 1959 un nuevo evento sacudió la ciudad capital. Los concejales fueron acusados de cometer una serie de fraudes y malversación de fondos municipales, lo cual provocó agitación popular y obligó a la Contraloría General y al Ministerio Público a iniciar una investigación.

El pueblo constituyó el Comité Pro Defensa de los Fondos Municipales, presidido por los estudiantes Floyd Britton y Franklin Sanjur, el cual dirigió enérgicas acciones de masas. El 19 de febrero, reunidos en la Plaza Catedral, frente al edificio del ayuntamiento, miles de personas declararon un cabildo abierto hasta tanto fueran reemplazados los concejales. El comité se tomó el palacio municipal y designó nuevos concejales. El presidente no pudo más que refrendar el desenlace, bautizado como “el cabildazo”. Del cabildazo surgió la agrupación que se denominó Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR), integrada por intelectuales, jóvenes y estudiantes, con intención de “despojar del poder a la oligarquía, privándola de su brazo armado e invertir en su contra los fusiles de la Guardia Nacional”, según expresiones textuales de sus fundadores. Sobresalían, entre otros, Guillermo Márquez Briceño, Álvaro Menéndez Franco, Floyd Britton, Samuel Gutiérrez, César Augusto Jaramillo, Óscar Navarro, Jaime Padilla Béliz, Eduardo Santos Blanco, Aurelio Alí Bonilla, Campos Labrador y Polidoro Pinzón Castrellón.

A excepción del último, que residía en Veraguas, todos vivían en la capital. La organización abrió una oficina en los altos del cine El Dorado, frente al parque de Santa Ana, donde celebraban las reuniones. Muy pronto en el seno del MAR afloró la tendencia inclinada al levantamiento armado inmediato, la cual no tuvo aceptación unánime y creó la división interna en la organización; pero por razones tácticas mantuvo el nombre y la apariencia exterior, y continuó realizando las reuniones abiertas en los altos de El Dorado. Sin embargo, el grupo que apostaba por la insurrección constituyó una célula autónoma, clandestina y cerrada que adelantó los planes conspirativos. El periodista Jaime Padilla Béliz, de 27 años, el arquitecto Samuel Gutiérrez de 30 y el estudiante Polidoro Pinzón Castrellón, de 24, asumieron el liderazgo de los insurgentes.

En manos del triunvirato quedó el control de las actividades operativas, la consecución de recursos, la obtención y custodia de armas, el reclutamiento de “cuadros”, el manejo de la información y de las relaciones externas con la FEP, los sindicatos y particulares. Las responsabilidades concernientes a la capital quedaron en manos de Padilla Béliz y Gutiérrez, mientras que las de Veraguas la asumió Polidoro.

Desde la fundación del MAR, el Partido del Pueblo (comunista) había consentido la participación de sus militantes, por no encontrar discordancias en los propósitos, método y actividades políticas. Pero a partir del momento en que la facción del MAR propuso “hacer la revolución” por medio de la insurrección, sobrevino la ruptura con la dirección del Partido. En consecuencia, algunos militantes que formaban parte del MAR siguieron la línea partidaria y otros se rebelaron y abrazaron la lucha armada.

En síntesis, el Partido Comunista planteaba en aquellos días que en el país podrían existir condiciones objetivas para precipitar el estallido de la revolución, pero no así las condiciones subjetivas, imprescindibles para la participación y el contagio de las masas en la insurgencia; que la guerra revolucionaria, como máxima expresión política, requería de la complicidad y el apoyo de la clases obrera, campesina y la pequeña burguesía, sobre las cuales no se había realizado la preparación y agitación necesarias ni se les había convocado a concurrir al alzamiento; que todavía en la conciencia popular había la esperanza de resolver los problemas esenciales dentro del orden constitucional; o sea, que para las masas aún no se habían agotado los medios legales burgueses de remediar los males sociales, creencia que frenaba el desarrollo de la lucha.

De manera paralela al MAR, el político Roberto Tito Arias Guardia promovía otro movimiento para hacerse del gobierno, en una lucha no prolongada, a través de un golpe de Estado. Dueño del importante diario La Hora, hijo del expresidente Harmodio Arias, sobrino del expresidente Arnulfo Arias, Tito pertenecía y se movía en los círculos oligárquicos; contaba con recursos económicos y sostenía complejas relaciones personales y políticas con figuras del país y de Estados Unidos. Personaje extravagante, carismático, paradójico y de aventuras, Tito se había casado con la inglesa Margot Fonteyn, prima bailarina del Royal Ballet Británico, a quien el imperio había concedido el título de Dame. Muchas personas creían que había concierto entre Arias y el MAR; que ambos constituían un todo; pero en realidad no existía ninguna conexión orgánica, ni pacto en las maquinaciones.

Quizás la suposición provenía de la amistad personal de Tito con Jaime Padilla Béliz, Floyd Britton y Polidoro Pinzón. Pero estas relaciones no tocaban el engranaje del organismo revolucionario. Podrían darse colaboraciones y complicidades en la conspiración, pero sin comprometer la ideología. Sí funcionaba un pacto tácito de no agresión ni delación como mecanismo de supervivencia.

En esas circunstancias el enemigo común era la Guardia Nacional. Para entonces, aparte del brazo encubierto de la Guardia Nacional denominado Servicio de Investigación Militar (SIM), la CIA extendió el espionaje político a través de la Policía Secreta Nacional. Esas agencias vigilaban la participación de los izquierdistas. En el seno de la FEP y los sindicatos ya conocían bien las pesquisas que para entonces dirigía el panameño Jorge Antonio Vallarino, mejor conocido como Rudy Vallarino. Este dejó constancia de su labor encubierta al editar su biografía Testimonios de una época: Panamá desde la perspectiva de un Agente de la CIA, en el 2003. A mediados de marzo de 1959 Jaime Padilla Béliz y Samuel Gutiérrez convocaron a Polidoro Pinzón a una reunión en la capital para discutir la fecha del levantamiento.

En esa cita, a instancias de Polidoro, fue fijado 19 de mayo; de manera que el alzamiento fuera relacionado con los fatídicos encuentros populares ocurridos el año anterior, en los que habían caído tantos estudiantes y jóvenes. Quedaba por determinar el sitio de inicio de la revolución. Sobre el lugar donde comenzaría la acción armada, Polidoro pensó en dos posibles zonas para crear el foco guerrillero: el área de la cordillera próxima a Santa Fe, al norte de Veraguas, y en el sur de esta provincia, en la región perteneciente a la península de Azuero. La idea de utilizar este último territorio nacía de la reciente lucha por la tierra librada por los campesinos en contra de la Panama Boston Coconut, bautizada como “la Coconúa”.

La compañía estadounidense ostentaba la titularidad del latifundio más grande del país, de una extensión superior al área de la Zona del Canal, dentro del cual hacía décadas vivían miles de agricultores. Al pretender la Coconúa desalojarlos, los campesinos opusieron resistencia, pidieron la expropia ción y estalló el conflicto. Para Polidoro, las experiencias adquiridas en esa lucha, en organización, el nivel de conciencia revolucionaria y capacidad combativa de la gente, así como la geografía montañosa, resultaban componentes excelentes para desarrollar allá el foco guerrillero. La rebeldía de Veraguas partió del cacique Urracá; se manifestó en los actos separatistas; en la conjura armada del 2 de enero de 1931 promovida por Acción Comunal, así como en la permanente lucha contra los terratenientes.

Esta rebeldía evolucionó y cobró consistencia ideológica con el alumbramiento de la Escuela Normal, llamada posteriormente, Juan Demóstenes Arosemena. Santiago nunca estuvo ausente de las grandes jornadas patrióticas de la FEP. Polidoro Pinzón y muchos adolescentes que ahora se aprestaban a tomar las armas también habían asimilado las experiencias del movimiento insurreccional de defensa de Escuela Normal de 1952, liderado por Manuel Celestino González, periodista revolucionario irreductible.

Una rebelión organizada, sostenida sobre milicias populares provistas de armas de cacería, que suplantó en el mando a las autoridades civiles y militares Polidoro tenía las características del conspirador natural; malicioso y reservado, no dejaba huellas y resultaba difícil sorprenderlo. Cultivó y perfeccionó el método de compartimentar la información; y lo practicaba invariablemente, como instrumento de seguridad y supervivencia. Por eso ninguno de sus compañeros pudo descifrarlo, ni abarcar la totalidad de sus movimientos, ni nadie logró descubrir los entrelazados compromisos, premeditaciones, cálculos y aproximaciones.

Él aplicaría y usufructuaría por siempre la táctica de compartimentación. Ya para entonces este dirigente había adelantado importantes tareas en Santiago; entre ellas, el reclutamiento de cuadros de su entorno amistoso, conformado por estudiantes de la normal y jóvenes rebeldes del pueblo, de reconocida militancia y simpatizantes de la revolución. Su hermano mayor, Rodrigo Alonso, hacía mucho tiempo compartía las intenciones insurreccionales.

En los registros la columna guerrillera y de colaboradores en Santiago, ya aparecían los normalistas César Manfredo Salazar, los hermanos Rolando y Rodolfo Murgas Torrazza, Rubén Urieta Donoso, Augusto Fábrega Donado, Virgilio Yiyo García, Rubén Rojas y Agustín Díaz Cogley. Asimismo, estaban los primos Isaías Chang González y Chanito Chang Guerra, quienes no eran estudiantes. El único de la capital enrolado por Polidoro era José Rogelio Girón Rivera, dirigente del colegio Artes y Oficios, compañero del movimiento estudiantil, en quien confiaba y con quien coincidía ideológicamente. Los preparativos del levantamiento ocupaban todo el tiempo de Pinzón. Los días de ese verano resultaban cortos para realizar cuanto pretendía.

Estaba concentrado en la consecución de pertrechos y en la práctica de tiro de los compañeros. En forma gradual e indiscriminada había comprado rifles 22, escopetas, revólveres y pistolas de segunda mano, que mantenía escondidos en la vivienda de los hermanos Murgas Torraza, en calle séptima, y otros en casa de Isaías Chang González, en donde la esposa, Edilda Urriola, concedió su humilde ropero para encaletar los fierros. A finales de marzo Polidoro volvió a la capital a otra reunión urgente con Padilla Béliz y Gutiérrez, en la cual concluyeron que había que adelantar la fecha de iniciación de la insurrección; en vez del 19 de mayo, sería el viernes 3 de abril.

El cambio obedecía a que se tenían informes de que Tito Arias, de quien recelaban, comenzaría las operaciones militares en abril, apoyado por una brigada del Ejército Rebelde cubano, bien apertrechada, que navegaría de la isla a las costas de Colón. Las acciones de Arias le permitirían tomar la delantera al MAR y posicionarse mejor en el terreno militar.

Es decir, que la espera a mayo resultaba inconveniente para el MAR, porque sus fuerzas quedarían rezagadas, y además para entonces la Guardia Nacional apretaría la vigilancia y la represión. En opinión de aquellos dirigentes, al anticipar la acción, sus fuerzas estarían consolidadas en el territorio y en mejores condiciones militares; de manera que en el evento de una posterior negociación política con Arias, el MAR estaría en capacidad suficiente para contrarrestar a la derecha y exigir un equilibrio dentro de los componentes del nuevo régimen.

También acordaron que el sitio de romper fuego sería en la cordillera central de Veraguas, donde se alza imponente el cerro Tute. Polidoro volvió a Santiago acompañado de Rogelio Girón Rivera, el estudiante artesano. Pero también retornó sin solventar la discrepancia generada hacía tiempo entre él y el compañero y amigo Floyd Britton, sobre el método y la ejecución del alzamiento. Ambos habían forjado una hermandad sincera, diáfana, sin secretos, en el desarrollo del movimiento estudiantil. Entre ellos había afecto, camaradería, respeto, confesiones e identidad ideológica.

El tiempo y el ajetreo político los había convencido de que solo la vía insurreccional los llevaría a arrebatar el poder a la oligarquía e instaurar un gobierno revolucionario. Sin embargo, ahora, a un paso de emprender la lucha armada, de combatir hombro con hombro, de integrar la misma columna guerrillera, como habían conversado y deseado, se hallaban distanciados. Floyd propugnaba por la lucha unitaria entre Tito Arias y el MAR; un acuerdo coyuntural político-militar; con la coordinación de operaciones y el intercambio de información, y que al final de la guerra, al derrotar a la Guardia Nacional, se dedujera el destino del movimiento.

“El pueblo armado, triunfante —había expresado Floyd— definirá al final el carácter del gobierno producto de la revolución, sin renunciar ni traicionar nuestros principios y convicciones”. Sin embargo, Pinzón recelaba de Tito; consideraba que este carecía de consistencia para el carácter de esta lucha; no concebía a Tito desintegrado de la oligarquía y el imperialismo; y además, estimaba que el bando natural de Floyd era el MAR. Esta discordancia, según los más cercanos amigos, fue dolorosa para ambos.

Antes de concluir la noche del viernes 3 de abril el capitán Hipólito Villarreal, jefe del cuartel de la Guardia Nacional en Santiago, informaba a sus superiores en la ciudad de Panamá que varios hombres armados habían llegado en tres carros a la población de San Francisco, portando brazaletes del MAR y gritando que “había estallado la revolución”. Después habían partido con rumbo a Santa Fe. No pudo dar otros detalles pues la línea telefónica entre Santiago y San Francisco había sido cortada. El capitán Villarreal explicó que las revelaciones fueron obtenidas gracias al hábil enlace efectuado aquella noche entre las oficinas telefónicas de San Francisco-Calobre-Aguadulce-Santiago. Algunos pobladores de San Francisco no perdieron de vista al comando de alzados, entre las diez y treinta y las once de la noche, cuando sus automóviles daban vueltas por las calles; y alarmados observaron a los jóvenes encañonar y desarmar en plena calle al guardia del pueblo, Ricardo Corcho.

Asimismo escucharon los gritos de los guerrilleros anunciando que había estallado la revolución. Esa noche también los forasteros asaltaron la tienda del diputado Saturnino Arrocha Graell, en busca de armas de cacería y municiones. Rodrigo Pinzón sufrió una decepción cuando comprobó que en la tienda solo existía una escopeta calibre 16 y municiones. Él esperaba hallar de cuatro a cinco carabinas, las que hacían falta para dotar al resto del grupo. Tomó la escopeta y todos los proyectiles existentes en los escaparates.

Los otros insurgentes aprovecharon para apropiarse de latas de sardinas, chorizos, galletas, panes, queques y pastillas. En San Francisco se incorporaron los jóvenes Beto Villar, sanfranciscano, y Euribiades Medina, estudiante universitario que estaba de visita. Sumados los dos nuevos reclutas, los vehículos partieron camino a Santa Fe. La carretera era transitable únicamente en verano, por un sendero de tierra estrecho, cortado con tractor sobre el espinazo y las laderas de los cerros. Un camino que orillaba desfiladeros hondos, tocaba pasadizos pantanosos, cruzaba quebradas y subía lomas pronunciadas que casi tocaban las nubes. Por eso los transportistas utilizaban carros militares viejos, adquiridos en remates, en la Zona del Canal, popularmente llamados comander, altos y de potentes máquinas, con “winche” y otros aparejos apropiados.

Al día siguiente del estallido revolucionario, los medios de comunicación dieron a conocer un comunicado expedido por la comandancia de la Guardia Nacional, en el que se informaba del asalto al comercio de Saturnino Arrocha. El comando armado originalmente lo conformaban dieciséis jóvenes, once de la capital y cinco de Santiago. Los capitalinos habían arribado a Santiago en dos automóviles Chevrolet; uno ocupado por Jaime Padilla Béliz, Samuel Gerona, Aurelio Alí Bonilla, Eduardo Santos Blanco y Rosemberg Valero, modelo Bel Air, del año1959. En el segundo, modelo del año 1952, viajaban Samuel Gutiérrez, Álvaro Menéndez Franco, Rogelio Cortés, Ignacio Muñoz Benítez, Eliseo Álvarez y Eduardo Chandeck. Pero en el curso del viaje, utilizando un tercer carro, Samuel Gutiérrez, su esposa y Menéndez Franco habían parado en La Chorrera, en casa del señor Enrique Díaz ubicada detrás de la iglesia, camino de El Chorro.

Ellos sabían que este era custodio de un alijo de armas de guerra y municiones pertenecientes a don Homero Velásquez, conocido político rebelde de la época. Los visitantes convencieron a Díaz de estar autorizados para llevarse el armamento, el cual encaletaron en el maletero del automóvil. Luego prosiguieron y al llegar al cruce de Ocú, carretera nacional, Gutiérrez y Menéndez Franco, junto con las armas, cambiaron de automóvil y se unieron al grupo. La señora de Gutiérrez tomó otro rumbo en el tercer vehículo.

Una vez en Santiago, a los capitalinos los recibió el joven Isaías Chang González y los conectó con los conjurados santiagueños, Rodrigo Alonso Pinzón Castrellón, Rubén Urieta, César Manfredo Salazar y Rodolfo “Fulo” Murgas Torrazza, quienes ya permanecían dentro de un viejo automóvil marca Packard, perteneciente a Rodrigo Alonso. En esos momentos surgió la inquietud de los guerrilleros por la inesperada ausencia de Polidoro Pinzón, sin que alguien pudiera descifrarla.

Sin embargo, su hermano Rodrigo Alonso explicó que este debía estar esperándolos en un sitio de la carretera a San Francisco, conocido como la Puerta de Hierro, cerca del puente del río Santamaría. Los vehículos salieron de Santiago y detuvieron el recorrido frente a la Puerta de Hierro y bajaron todos los pasajeros. Sumaban dieciséis hombres. Ahí distribuyeron las armas obtenidas en La Chorrera: dos subametralladoras, una Schmeisser, calibre 9 mm, alemana, y una Thompson, calibre .45, estadounidense; tres fusiles (dos M1 y uno M2), calibres 30-30; dos rifles 22; una escopeta y una pistola 45.

Las municiones las echaron en una alforja. También repartieron unos distintivos de forma circular, bordados a máquina, con las letras MAR de color negro, impresas en fondo amarillo, y cada uno se amarró el suyo en el antebrazo izquierdo. En el lugar no estaba Polidoro. Lo llamaron a gritos, lo buscaron denle el monte aledaño a la Puerta de Hierro y no apareció. Estaban en la orilla de la carretera y temían ser vistos; además debían tener en cuenta que en las ciudades de Panamá, Colón y David esa noche habría volanteo de un “Manifiesto” del MAR por parte de los estudiantes de la FEP, lo cual alertaría a los organismos de represión.

El documento, redactado por Álvaro Menéndez Franco, había sido titulado “PANAMEÑOS A LAS ARMAS”: De la preocupación por aquella ausencia se pasó a la angustia. Polidoro Pinzón era figura clave en la operación y sobre todo de allí en adelante. Rebasado el término de espera sin noticias de Polidoro, Gutiérrez, Padilla y Rodrigo decidieron cortar las líneas del teléfono y del telégrafo; reiniciar la marcha hacia San Francisco y revelar allí públicamente el comienzo de la revolución. Ese viernes 3 de abril, durante el tiempo que los rebeldes permanecieron en la Puerta de Hierro y en San Francisco, Polidoro se mantuvo en Santiago, aferrado a la esperanza maravillosa del advenimiento de unos fusiles.

En ejercicio de la rigurosa práctica de compartimentar la información, Polidoro no había querido explicar a nadie los designios de esa noche, excepto a Rogelio Girón y Aníbal Aponte. La expectativa de un armamento que debía llegar lo mantuvo atado en esas horas críticas. Aquellos pertrechos prometidos, se supo después, tenían relación con quince fusiles y municiones calibre 30-30 confiscados días más tarde por la Guardia Nacional al abogado Aníbal Illueca Sibauste, en su residencia en Coco del Mar, en la capital.

Ya alrededor de la medianoche, sin saber nada de los compañeros que marchaban adelante y sin un vehículo para movilizarse, Pinzón decidió iniciar la caminata hacia la serranía con Rogelio Girón y Chanito Chang, cargando las armas que poseían. Lo hicieron por la carretera que conduce a San Francisco. En el recorrido Polidoro se enteró de que Girón cojeaba y condicionó la marcha al andar de aquel. Arribaron a la Puerta de Hierro y siguieron por los potreros de la familia Palma.

En un punto del camino, Chanito decidió no continuar y regresó a Santiago. Polidoro y Girón durmieron en el área de Las Adjuntas, paraje exacto donde se unen los ríos Santamaría y Gatú.  Por su parte, al salir de San Francisco con rumbo a Santa Fe, los automóviles de los combatientes del MAR ascendieron por el camino rústico y pedregoso. Las condiciones del trayecto y la escasa altura de los vehículos los obligaron a marchar despacio, para evitar golpes con lomos y puntas de rocas.

El Packard color negro de ocho cilindros, de Rodrigo Pinzón, servía de guía a la pequeña caravana. Pasan la aldea de San Juan y unos kilómetros adelante encuentran la loma San Agatón, la más empinada y tortuosa de la travesía, cuya punta toca el caserío de San José, sobre los mil doscientos pies. En el ascenso ocurrió el primer revés del viaje. El motor del Packard empezó a despedir humo y dejó de funcionar; los guerrilleros optaron por zarandearlo y dejarlo atravesado en la vía. Entonces todos se reacomodaron en los dos Chevrolet.

Poco más tarde, los dos vehículos transitaron por Alto Guarumo, un trecho estrujado entre paredones y precipicios, sobre el que corre una línea imaginaria que demarca el límite distrital entre San Francisco y Santa Fe. Más adelante, en el sitio conocido como Corral Viejo, el flamante Chevrolet Bel Air, modelo de lujo, dejó de funcionar.

El revés afectó la velocidad de marcha, por lo que la mayoría de los alzados tuvieron que continuar a pie. Por fin, pasada la medianoche, pisaron el puente del río Santamaría, justo en el cañón formado por los cerros Tute y Sapo. Rodrigo Pinzón dispuso dirigirse a la vivienda de su primo Ramiro Chito Castrellón, situada en la ruta, varios kilómetros antes del poblado de Santa Fe, donde detuvo su motor el Chevy del 52, titán que resistió la travesía.

Era de madrugada cuando Rodrigo despertó al primo y le pidió que le sirviera de guía en el ascenso hacia el caserío de El Cuay, en la pendiente sur de los macizos montañosos. Sorprendido Chito, pues no tenía la menor idea del proyecto insurreccional, trató de rehuir la misión pero fue presionado y tuvo que acceder. Chito condujo la tropa montaña arriba, hacia las iniciales derivaciones del cerro Tute.

El baquiano dominaba perfectamente la cartografía de aquellos territorios y los encaminó a una cuenca profunda, en la que coincidían varios ojos de agua, como le habían solicitado. Allí, después de saciar la sed, ya exánimes, todos cayeron tendidos. Chito aprovechó ese momento para escabullirse y desandar el trecho solo; pero en el recorrido oscuro, de pronto lo sorprendió un hombre que le salió al paso.

Era Euribiades Medina, quien ex profeso a la ida había interrumpido la marcha; y explicó que también quería regresar a San Francisco, que él no pertenecía a la organización rebelde. Ambos descendieron hasta la vivienda de Castrellón, de donde Medina continuó el retorno a su casa. Fatigado, tras varias horas, Medina hizo una parada en el caserío de San José, en la pequeña y única abarrotería, al borde de la carretera. Allí pidió permiso para echarse a descansar en un alero y durmió profundamente.

 

Ese día 4 de abril, alrededor de las cuatro de la tarde, de paso hacia Santa Fe, apareció en aquella abarrotería la primera avanzada de la Guardia Nacional, al mando del subteniente Alejandro Gil. Euribiades Medina fue sometido a interrogatorios, no pudo sortear el severo cuestionamiento y se convirtió en el primer prisionero de la insurrección. Ese mismo día, en el sitio donde muere el río Gatú sobre el Santamaría, en Las Adjuntas, Polidoro y Yeyo Girón durmieron hasta poco antes del mediodía, sin saber nada de los compañeros ni de los sucesos de la noche anterior en San Francisco.

Ambos reiniciaron la marcha hacia la región cordillerana, en donde Polidoro pensaba establecer el foco guerrillero, aplicando el método de guerra de guerrillas, siguiendo el exitoso ejemplo de la revolución cubana. Ambos cargaban las armas envueltas en sacos de henequén; Girón con molestias en la rodilla derecha y Polidoro portando un fusil Springfield, de cinco tiros, que sería el de su uso personal.

Aunque viejo, funcionaba bien y la marca de fábrica grabada en el cañón permanecía legible: “u.s.1896 sPringfield/d.Armory.32817”. El avance era parsimonioso por la cojera de Girón, quien no había querido confesar el estado crítico de la rodilla. Pasaron por las afueras de distintas aldeas y en el trayecto hicieron varias estaciones. Dejan atrás el caserío de San Juan, para torcer por el camino de la mina de Remance, donde llegaron de noche. Los yacimientos de oro de Remance habían sido explotados por una compañía inglesa durante años, en la década de los veinte. Al abandonarla, la empresa dejó materiales ferrosos y depósitos de cianuro en polvo apilados en una barraca, que al disolver la lluvia envenenaban los arroyos. Los rebeldes pernoctaron en un socavón.

Vencidos por el cansancio despertaron cuando ya la claridad del día penetraba por los orificios superiores del túnel. El 3 de abril el joven Augusto Fábrega Donado retornó de Panamá a Santiago con la misión de organizar un grupo que debía partir hacia la serranía del Tute a incorporarse a la columna principal de la guerrilla, de conformidad con las instrucciones de Polidoro.

Con ese propósito, al día siguiente contactó a los estudiantes Virgilio Yiyo García, Luis Antonio Núñez, Edison Díaz Herrera, Boanerge Davis y Luis Ernesto Núñez, todos menores de edad. Al conjunto se unieron los maestros Rogelio Vargas y Rubén Rojas, ya mayores de edad. El grupo convino en reunirse entre cuatro y media y cinco de la tarde de ese mismo día en el Paso de las Tablas, sitio en las afueras del poblado, para desplazarse de inmediato hacia la montaña. Encontrándose en el lugar, henchidos de entusiasmo, no les importó saber que únicamente contaban con un machete de Rogelio Vargas, un rifle 22 aportado por Edison Díaz Herrera y una pistola calibre 25, sin proveedor, que Agustín Díaz Cogley había puesto en manos de Augusto Fábrega y que este aceptó con la esperanza de conseguir después el surtidor.

Además, los muchachos estaban convencidos de que en la sierra habría armas para todos. Cuando ya iban a salir, apareció repentinamente Domingo Patrocinio García, adolescente de 15 años, hermano de Yiyo, manifestando con firmeza que él también marcharía hacia el Tute. La pretensión fue rechazada de plano por todos, pero el pequeño insistió en formar parte de la guerrilla; y a pesar de la negativa absoluta del grupo, “Minguito”, como le decían, reveló una decisión obstinada; en ningún instante flaqueó en su determinación. No habiendo forma de impedirlo, tuvieron que aceptar la compañía del niño.

De inmediato Augusto Fábrega, el más espigado de todos, asumió el mando de la columna y dispuso darle el nombre de Manuel Celestino González. Partieron con la brújula en los ojos, con rumbo norte; cruzando potreros y montes para esquivar el contacto con extraños.

De ahí en adelante los maestros Rubén Rojas y Rogelio Vargas, los más adultos, mostraron mayor dominio de la orientación y dispusieron la ruta a seguir. Ninguno de ellos tenía conocimiento real del desarrollo de los acontecimientos, excepto de los sucesos de San Francisco, divulgados por la radio, en los cuales, según opinión de todos, Polidoro habría participado, integrado al contingente principal del MAR; y que a esas horas debía caminar por las estribaciones de la cordillera central, explorando el terreno adecuado para atrincherarse en posiciones ventajosas y hacerle frente a la Guardia Nacional. Después de trajinar apresurados, el cansancio los obligó a pernoctar sobre una colina.

No tenían dudas de que el rumbo que seguían los llevaría a la cadena montañosa. Al amanecer, bajo un firmamento ilimitado y vacío de nubosidad, los muchachos desayunaron galletas embadurnadas de jamón del diablo y choricitos enlatados. Antes de reiniciar la marcha advirtieron la ausencia de Luis Ernesto Núñez y la calificaron de deserción. Al cabo de varias horas llegaron a orillas del río Santamaría.

Cerca del mediodía la columna entró en la zona de la mina de Remance. Ahí consumieron las últimas raciones; en adelante debían alimentarse con el abundante e inagotable acopio de ilusiones. Estando en los terrenos de la mina fueron sorprendidos por la aparición de Polidoro Pínzón y Yeyo Girón. Ninguno lo creía, gritaron de alegría y se abrazaron eufóricos. Polidoro era el líder de esos jóvenes y por él estaban alzados. Polidoro y Girón sacaron del monte los sacos de henequén y descargaron los pertrechos para distribuirlos. Después de una breve arenga basada en la moral y los principios revolucionarios, Polidoro asumió el mando de la columna y ordenó avanzar. Alguien comenzó a cantar el himno de la Asociación Federada de la Escuela Normal y enseguida los demás le acompañaron. En otro lugar, kilómetros arriba, al pasar revista al cuerpo guerrillero, Samuel Gutiérrez notó la ausencia de Euribiades Medina.

Todos pensaron que la deserción podría traer consecuencias funestas e iniciaron la búsqueda por los alrededores. Los dirigentes, previendo el peligro de una delación, ordenaron salir del sitio. Reiniciaron el ascenso de la cordillera bajo la guía de Rodrigo Pinzón, quien ahora de día, no tenía dudas del recorrido. Se propuso llegar a los Llanos del Cuay, a casa de Ventura Castrellón, con quien mantenía el curioso doble vínculo de ser a la vez cuñado y sobrino. Sobrino por ser Ventura hermano de su madre Cándida Castrellón y cuñado por estar casado con Raquel María Pinzón, su media hermana.

Ya en la tarde la principal columna del MAR llegó a los Llanos del Cuay. Un paraje abierto, expuesto, sin protección a los tenaces chiflones que en esa época descendían del norte a incalculable velocidad, con fuerza sostenida, arrasando todo lo que no estaba firmemente asentado. La casa de Ventura Castrellón estaba ubicada en el piedemonte, en una excepcional explanada de limitado follaje, en donde cultivaba verduras para el consumo y mantenía algunas reses y puercos. Cuando los guerrilleros arribaron a la vivienda solo estaban Raquel María y sus hijas Gloria, de quince años, y Aura, un poco menor. Rodrigo tuvo que dar explicaciones y calmar a su hermana, quien se asustó ante la presencia del grupo armado.

Allí los muchachos consumieron buenas raciones de carne y arroz. Después de comer, la columna fue guiada por las niñas Gloria y Aura Castrellón hacia el cerro El Banquillo, hasta un rancho espacioso, forrado de caña blanca que estaba encajado en un recodo de la elevación y servía de depósito en tiempo de la cosecha de café. En el marco del rústico refugio el pleno de la guerrilla deliberó de manera formal sobre la línea de mando. Para mantener la disciplina y el orden en la vida y actividades de la guerrilla era indispensable que quedara establecida y reconocida la jefatura militar. Convinieron en elegir tres comandantes. La mayoría eligió a Samuel Gutiérrez primer comandante; Jaime Padilla Beliz y Rodrigo, como segundo y tercer comandante respectivamente. Los veragüenses no quedaron conformes, estimaban que Rodrigo debía ocupar el mando superior. En la ciudad de Panamá la comandancia de la Guardia Nacional diseñó el plan estratégico para sofocar cuanto antes el levantamiento armado.

Los militares estadounidenses de la Zona del Canal aportaron fusiles M1 y M2, ametralladoras, equipos de comunicaciones, catalejos, catres de campaña, frazadas de lana, raciones de comida enlatada y gotas clorinadas para purificar el agua. También pusieron a disposición aviones y helicópteros, pero el presidente Ernesto de la Guardia consideró la oferta lesiva a la soberanía.

El comandante Bolívar Vallarino escogió al capitán Omar Torrijos Herrera para que asumiera el mando de las operaciones de contrainsurgencia. La decisión tuvo varias motivaciones. El presidente De La Guardia, agobiado por las muertes de mayo de 1958, había recalcado su voluntad de evitar en lo posible otras desgracias que estigmatizaran aún más la imagen de su administración. Y para el comandante Vallarino, el capitán Torrijos resultaba ideal para sofocar el alzamiento, porque en su concepto, era persona reflexiva, discreto en circunstancias de conflictos, firme para combatir, pero también flexible para negociar.

Además era veragüense. En aquel momento Torrijos era jefe del cuartel de Tocumen; recién había cumplido los treinta, y tenía siete años de haber egresado de la Escuela Militar Capitán General Gerardo Barrios, de El Salvador. Después de varios años de estudios en la Escuela Normal, obtuvo una beca en ese país, a donde partió llevando en su maleta las enseñanzas de cultos y progresistas educadores chilenos y españoles, las vivencias idealistas de la Federación de Estudiantes de Panamá y los recuerdos de su terruño.

El 4 de abril en la tarde vecinos del aeropuerto de Santiago, en Canto del Llano, observaron asombrados el aterrizaje del avión DC3 de la Compañía Panameña de Aviación; vuelo insólito que rompió la rutina de aquella pista natural de pequeños aeroplanos. La nave venía de la capital tripulada por el piloto Hermes Nene Carrizo Palma y el copiloto Aulio Hernández, ambos santiagueños. Del aparato descendieron los oficiales y tropas de la Guardia Nacional. La oficialidad estaba integrada, además del capitán Omar Torrijos Herrera, por el teniente Rubén Darío Paredes y los subtenientes Juan Bernal y Humberto Ramos. A minutos de su llegada el capitán Torrijos descargó su contrariedad y desánimo por la misión encomendada.

A solas le confesó al piloto Carrizo, quien era su compadre, la disconformidad con la tarea de comandar las tropas represivas en su tierra natal, donde tenía familia y amigos; un descontento reprimido, imposible de exteriorizar a sus jefes, quienes desatendieron además la circunstancia de que su esposa estaba hospitalizada por causa de un parto. Al aeropuerto también llegó el doctor Jorge Reyes Medina, joven sonaeño, capitán médico del cuartel de Santiago, reclutado por Torrijos.

El grueso del destacamento partió por tierra a Santa Fe, mientas los oficiales viajaron en avionetas, una pilotada por Rubén Cantú y la otra por Agapito Pimentel, dos veteranos de aquellos cielos. Santa Fe fue el primer asentamiento colonial permanente de Veraguas, fundado por Francisco Vásquez a mediados del siglo xvi, como trampolín para llegar a las minas de oro de Cocuyo, en la vertiente del Caribe.

A un costado del poblado se encontraba el macizo del Tute, que se dirigía hacia el oeste; al sur, el anchuroso espinazo pelado del cerro Sapo; al este, los filos de Altos de Piura; y con rumbo norte, clausurando el horizonte, el cerro Narices y otras crestas azules. Cuando Torrijos y sus oficiales llegaron a Santa Fe, ya la avanzada del subteniente Alejandro Gil, con diez unidades, estaba apostada en la Casa Municipal; en la cual mantenía prisioneros a Euribiades Medina y Chito Castrellón. Ambos habían dicho cuanto sabían.

En sus confesiones salieron a relucir los nombres de Rodrigo Pinzón, Padilla Béliz, Gutiérrez, Menéndez Franco, Alí Bonilla, Eduardo Santos Blanco y Beto Villar; así como detalles de las armas, el número de guerrilleros y las provisiones con que contaban. También dieron a conocer que los rebeldes iban rumbo a El Cuay. Los planes contrainsurgentes trazados por la comandancia general de la Guardia Nacional comprendían tres desplazamientos: el 4 de abril el subteniente Klevert de Lora debía salir de la población de Cañazas, al oeste, con veinte unidades; el día 5, el teniente Rubén Darío Paredes avanzaría con doce unidades por el norte de Santa Fe hacia Guabal; mientras que por el este el capitán Torrijos, con los subtenientes Ramos y Bernal y treinta soldados, remontarían la serranía hacia El Cuay.

Las intercomunicaciones entre las expediciones se efectuarían por medio de radios PRC 10, de quince kilómetros de alcance. La incursión hacia El Cuay la iniciaron por la ruta de Tute Abajo y Tute Arriba, a lomo de mulas, guiados por Remigio Pinto, mayoral del ganadero don Chico Vernaza Ábrego, probablemente el mejor práctico de la región. El trayecto por caminos de herradura, quebrado y estrecho, y humedecido por el bajareque, les tomó horas. De ese modo, el 5 de abril la tropa de Torrijos orientada por el mayoral Pinto alcanzó las alturas de El Cuay.

Allí, como habían planeado, los guardias se dirigieron a la finca del señor Segundo Bernal, situada en el piedemonte, donde este tenía su vivienda y operaba un aserradero con un motor a gasolina. Ese día Bernal hizo entrega de sus instalaciones y la Guardia Nacional estableció allí su campamento principal, al que denominó Puesto Ocho. Desde la elevación del campamento los centinelas podían atalayar el horizonte sur y escudriñar con catalejos los movimientos que ocurrían a lo largo y ancho de la parte inferior.

En dirección noroeste, se observaban los paredones colosales de los cerros El Peñón, El Gringo y El Banquillo; selvas vírgenes, con la biodiversidad de comienzos del mundo. En la tarde de ese día, conforme al planeamiento, arribó al Puesto Ocho el destacamento del subteniente De Lora, procedente de Cañazas. Sumado al grupo de Torrijos, el total del pie de fuerza aumentó a cincuenta sin contar los oficiales. De la exploración de campo la Guardia Nacional obtuvo conocimiento de boca del agricultor Antonio Concepción, que los guerrilleros se encontraban en el cerro El Banquillo.

Hacía unas horas, en la mañana, el campesino había conversado con Rodrigo Pinzón en las estribaciones del cerro. En la entrevista el comandante Rodrigo le solicitó al lugareño que llevara un mensaje a Ventura Castrellón. Antonio estuvo de acuerdo. Ventura debía presentarse a las seis de la mañana del siguiente día en aquel sitio, conocido como el “Plan de la Laguna”.

Antonio Concepción, mejor conocido como Antonio “Sabaneta”, de unos cuarenta años, era allegado a la familia Castrellón pues trabajaba en las faenas agrícolas. La entrevista de Rodrigo con Antonio fue criticada por Jaime Padilla Béliz, por estimarla riesgosa. Sin embargo, aquel replicó que tomó la iniciativa debido a la urgencia de conseguir la colaboración de Ventura para encontrar un sitio más seguro, con agua accesible y posibilidad de obtener alimentos sin exponerse. Hasta ese momento, con dificultades, habían matado una res de un disparo de fusil, y la descarga podría haber alertado al enemigo. Asimismo, no había nadie mejor que su tío para conectarse con Polidoro Pinzón tan pronto apareciera en los alrededores. Hacía falta su presencia para fortalecer la moral y establecer la estrategia a seguir.

En aquellos iniciales días de abril los santafereños vieron por vez primera el nombre del pueblo y fotografías de sus casitas y la iglesia colonial en las principales planas de los diarios. El alzamiento de cerro Tute atrajo la atención nacional y los periódicos y radioemisoras de la capital enviaron sus corresponsales. Desde su fundación hacía cuatrocientos años, nunca ese municipio remoto había alcanzado mayor importancia. Y la situación se tornó más trascendente al revelarse que revolucionarios cubanos, veteranos de la Sierra Maestra, habían partido o estaban por partir en barco de Cuba hacia las costas de Veraguas para unirse a los hombres del MAR.

Según cables internacionales, la invasión inminente, organizada por Tito Arias, vendría a robustecer la lucha armada para derrocar al Gobierno. De la capital llegaron a Santa Fe el 5 de abril los reporteros de los diarios La Hora, Crítica y El Panamá América; así como del noticiero cinematográfico Soscopio, la emisora RPC y de la Secretaría de Prensa de la Presidencia.

La emisora RPC fue la única que trasladó equipos para transmitir directamente desde la plaza pública. Los otros periodistas remitían las gacetillas a la ciudad de Panamá a través de telegramas o conferencias telefónicas, desde la pequeña oficina de correos. A la vez, en otro escenario, ese cinco de abril, después del encuentro de unos y otros alzados en la mina de Remance, la columna Manuel Celestino González bajo la capitanía de Polidoro continuó la marcha el resto del día, en línea paralela a la carretera pero distante del sitio donde había quedado el Packard de Rodrigo.

Después de algunos descansos, prosiguieron durante todo el día 6 de abril por terrenos más accidentados, siempre por las afueras de los pequeños caseríos. En el trayecto consiguieron matar un ternero, pues no bastaba nutrirse de frutas e ilusiones. Mientras que la pequeña caravana de Polidoro caminaba con dificultades hacia la cordillera, ese 6 de abril, muchos kilómetros más arriba, tropas de guardias salían de madrugada del Puesto Ocho, orientados por Antonio Sabaneta, hacia el Plan de la Laguna al primer combate con los guerrilleros.

Las revelaciones dadas por los primeros detenidos permitieron al capitán Torrijos saber la cantidad de rebeldes, sus carencias, privaciones y calidad de pertrechos. Así que era consciente de la correlación de las fuerzas; de la superioridad numérica de su tropa, dotada además de uniformes y botas militares; y ventajas en armamento, equipo de comunicaciones y provisiones. Aparte del evidente desequilibrio castrense, el militar santiagueño también sabía que algunos de los muchachos eran sus paisanos, pertenecientes a familias amigas de la suya. El conjunto de factores animó a Torrijos a creer en la posibilidad de un acuerdo pacífico del conflicto. Con esa esperanza el capitán advirtió, antes de partir al encuentro, que nadie debía disparar sin que él diera la orden.

 

Aquella ilusión indujo a Torrijos a infringir una regla contrainsurgente, según la cual el jefe debe situarse en el cuerpo medio del batallón, protegido por la vanguardia y la retaguardia. Él dispuso rebasar varios pasos la vanguardia, portando un fusil-ametralladora M3.

Lo seguían el sargento Aníbal Bultrón y el cabo Jorge Andrade. Adelante del contingente iba Antonio Sabaneta con el encargo de indicar el sitio convenido de la entrevista de Rodrigo Pinzón y el tío Ventura, a las seis de la mañana. Desde el inicio de la campaña los guerrilleros hacían posta de vigilancia rotativa. Esa noche les correspondió a Rodrigo y Eduardo Santos Blanco, quienes habían descendido hasta la base de El Banquillo, distante de los demás compañeros.

Se atrincheraron sobre el costado del camino que conduce a los Valles de Cañazas; detrás de una roca alta y ancha que les encubría el cuerpo entero y permitía observar el paso. En ese turno Rodrigo portaba la escopeta nueva, calibre 16, confiscada en San Francisco; y Blanco, un fusil M1, del que se había encariñado. Blanco, de 18 años, capitalino, institutor, tenía estrecha relación con Polidoro, pero apenas si sabía de la existencia de Rodrigo, santiagueño, de 29 años, egresado del Instituto Nacional de Agricultura de Divisa. Ambos aguardaban la cita con Ventura Castrellón.

Rodrigo concebía el anhelo de que este podría indicarles un sitio seguro para la guerrilla, con las condiciones adecuadas para establecer la base operacional, tener acceso al agua y viabilidad de obtener los alimentos mínimos. En esas circunstancias dejarían de huir y podrían organizar emboscadas. Además, nadie como aquel colaborador para facilitar el contacto con Polidoro Pinzón lo más pronto posible. Eran pasadas las seis de la mañana, claroscuro, cuando la Guardia Nacional alcanzó el Plan de la Laguna. Antonio Sabaneta, en la punta de la formación, se quitó el sombrero y con este en la mano apuntó hacia el lado derecho del camino, contraseña pactada para revelar el punto del encuentro, y desapareció devorado por monte.

Es de suponer que Rodrigo y Blanco, al notar la presencia de Antonio, aguardaron hasta que llegara Ventura; que no advirtieron el grueso de la tropa, sino al militar que avanzaba solitario, con un arma larga empuñada en los extremos, cuya figura corporal no correspondía a la del tío Ventura. Rodrigo no dudó más, el visitante no era amigo sino enemigo y estaba cerca.

Existe la versión de que hubo un cruce relámpago de frases entre Rodrigo y Torrijos. Lo cierto es que el capitán fue sorprendido al descubierto. Sonó el primer disparo de fusil y le perforó el gorro. En segundos se desencadenaron sucesivas y precipitadas maniobras de los guardias para defender al jefe. Torrijos expuesto, consciente del peligro y sin más salida, corrió instintivamente a escudarse en el único antepecho a la vista: el voluminoso peñón de basalto que servía de trinchera de los rebeldes; empero, en la escabullida, mientras daba saltos hacia la roca, Rodrigo descargó la escopeta y un racimo de perdigones calaron el cuerpo del oficial antes de que él se arrojara a la pata del peñasco. Uno de los perdigones le fracturó la mano derecha al capitán, anulando la posibilidad de disponer de la pistola 45 que llevaba al cinto.

Este se adhirió a la peña que mediaba entre él y los muchachos, mientras Blanco disparaba el M1 hasta donde le alcanzó la vida. Todo fue vertiginoso, en aleteo de relámpagos. Tan pronto escucharon el primer tiro los soldados avanzaron y descubrieron el sitio donde estaban atrincherados y disparaban los dos guerrilleros. En una operación apresurada se desplegaron en media luna por el flanco derecho del peñón, consiguiendo un ángulo libre y abierto por la retaguardia de los muchachos y aplicaron fusilería cerrada.

Ambos jóvenes cayeron abatidos, aniquilados en el acto.  No hubo más movimientos ni ruidos. Torrijos permaneció echado en la tierra, atento al resultado final; el cabo Andrade corrió a auxiliarlo y cayó en la pendiente, sobre unas piedras, y se fracturó la clavícula.

 

Cuando hubo la calma, y después de examinar los cadáveres, el contingente regresó al Puesto Ocho. El capitán presentaba una herida en la mano derecha, escoriaciones de perdigones de escopeta esparcidos en la ceja derecha, la cara, el cuello, el hombro, muslo derecho, dorso y cintura.

En el campamento el doctor Jorge Reyes Medina le brindó los primeros auxilios; le inyectó antibióticos, embadurnó de yodo la zona de las escoriaciones y le colocó una férula en el dedo pulgar al notar que tenía fracturas en los huesos de la falange. El galeno advirtió la amenazadora trayectoria del proyectil del M1que perforó el gorro del amigo. En lo alto de El Banquillo, el tiroteo sorprendió por completo a los insurgentes; la mayoría suponía que Rodrigo llevaría a cabo con tranquilidad la entrevista acordada.

Sin embargo, al escuchar la balacera no vacilaron en interpretar la cita como una trampa; que había ocurrido el choque con los guardias. La maldita entrevista, refunfuñada por varios compañeros. Sin prever el suceso, no tenían un plan a seguir. Estaban situados loma arriba, a cientos de metros del sitio del encuentro, de donde nada podía apreciarse. En ese paréntesis de dudas, algunos propusieron bajar a inspeccionar y conocer la suerte de Rodrigo y Blanco; a escudriñar el movimiento de la Guardia Nacional; a saber qué había pasado.

Sin embargo, los comandantes se opusieron; alegaron que la acción sería muy arriesgada, ya que podría delatar la posición del grupo. A cambio, se ordenó tomar posición de combate bajo el supuesto de que los policías podrían subir a inspeccionar el área. Después de larga espera y discusiones, los guerrilleros concluyeron que no estaban en condiciones de resistir la campaña; que carecían de fuente de abastecimiento de comida; que ante la ausencia de Polidoro, y ahora de Rodrigo, la situación resultaba más complicada y era imposible la sostenibilidad de la guerrilla. Estaban conscientes también de que había mermado la fortaleza física y anímica. Aunque las causas de lucha estaban presentes, debían suspenderla para reanudarla en mejores circunstancias, sin traicionar los ideales y principios del MAR. Ahora habría que iniciar el repliegue, esconder las armas y tratar de salir de la montaña evadiendo a las huestes enemigas.

Los quince revolucionarios iniciaron el descenso muy despacio, con prudencia. El primer objetivo era escapar del cerco de la policía y aproximarse a un centro poblado. La jefatura de la marcha la asumió Isaías Chang, que resultó tener el mejor sentido de orientación y quien decidió seguir rumbo al río Santamaría. En la ruta escondieron las armas, las municiones, los brazaletes, los panfletos y la bandera del MAR.

Durante varias horas caminaron juntos. No obstante, surgieron discrepancias y desapareció la línea de mando. Irrumpió la desmoralización que había estado latente y el grupo se desintegró. Cada quien optó por la supervivencia individual. Reducida a diez, la cuadrilla continuó guiada por Isaías Chang, quien optó por salir al caserío de Vueltas Largas, continuar hacia San Francisco y después a Santiago. Separado del grupo y sin arma, Rodolfo Murgas Torrazza permaneció en la zona de El Cuay.

En el pueblo y en la Normal lo conocían como “Fulo Murgas”; un muchacho blanquito, cabello rubio, ojos azules, extrovertido, cuestionador, de ostensible inteligencia. Fulo nunca aceptó la retirada de la montaña. Según el imaginario, su amigo predilecto, su verdadero dirigente, Polidoro Pinzón, estaría tratando de encontrar la columna y él, Rodolfo, sería el único que podría informarle lo sucedido. Pero Murgas desconocía el territorio y carecía de puntos de referencia para orientarse.

Estuvo dando vueltas por El Cuay día y noche, divagando por los montes. No obstante, el pálpito le decía que Polidoro rondaba esos parajes, que él no debía irse. Continuó recorriendo El Cuay, husmeando a su verdadero líder, aferrado a la esperanza de que este apareciera de pronto, portando su propia arma y trayendo además el fusil que él, Fulo, ansiaba y que nadie le había facilitado todavía.

El martes 7 de abril, muy temprano, el capitán Torrijos bajó a caballo del Puesto Ocho a Santa Fe. Telefoneó al comandante Bolívar Vallarino, quien le ordenó trasladarse a Panamá. Ese día el piloto Manuel Spiegel Sierra lo transportó en su aeroplano a Santiago, junto con el cabo Jorge Andrade, quien se había fracturado la clavícula. Luego transbordaron al avión pilotado por el capitán Juan Álvaro Mas, el cual aterrizó en el Aeropuerto Marcos A. Gelabert de Paitilla. Después de entrevistarse con sus jefes, Torrijos ingresó al hospital Panamá, situado en la avenida Cuba, hoy suplantado por el edificio Hatillo.

El médico Elías Córdoba le extrajo los perdigones y el ortopeda Félix Stanziola llevó a cabo la cirugía del dedo pulgar derecho, pero su funcionalidad quedó disminuida para siempre. En reemplazo del capitán Torrijos, los altos mandos enviaron al campamento de El Cuay a los tenientes Boris Martínez y Virgilio Tarito Guerrero, este último oriundo de Santiago. El 8 de abril ambos arribaron al Puesto Ocho.

Sin saber nada de los acontecimientos sangrientos de cerro Banquillo, la columna de Polidoro Pinzón atravesó montes y lomeríos. Pernoctaron a la orilla del río Santamaría y al amanecer prosiguieron la travesía y alcanzaron los Planes de Guanábano, un largo altiplano, desgarbado, con herbazales bajos y ásperos. Polidoro quería conducir al grupo cuanto antes a la casa de su cuñado y tío, Ventura Castrellón, imaginando que los otros compañeros debían merodear esos andurriales.

El 7 de abril era notorio el estado de debilidad de los muchachos. Rogelio Girón, impedido por la dolencia de la rodilla, lamentaba su ineptitud. Yiyo García pronosticaba una afección cardiaca, al sentir dolores en el pecho. Al achaque de Girón se sumaba ahora la dolencia imprevista de Yiyo. Todos estaban preocupados, pero el más angustiado era Polidoro, pues además de acongojarlo aquellas dificultades de los compañeros, no dejaba de pensar en los otros que habían partido por delante y de quienes no tenía noticias.

Al mediodía del miércoles 8 de abril Rogelio Vargas explicó la afección cardiaca de Yiyo y propuso regresar con él a Santiago. Apuntó que en otra ocasión, en mejores condiciones y con buenas armas podrían reiniciar la lucha contra la Guardia Nacional. Lo secundó Rubén Rojas. El único que opinó fue Polidoro: “¡Yo solo regreso muerto! Entiendo el planteamiento de ustedes, pero quiero que también me comprendan. Díganme la verdad: ¿quiénes quieren regresar? Levanten la mano los que prefieren irse”.

La demoledora frase, “yo solo regreso muerto” les llegó al alma a todos y quedaron compungidos “Soy el más comprometido, tengo que encontrarme con los compañeros que andan más arriba. Les pido que comprendan mi posición: ¿cómo voy a darle la espalda a Rodrigo, Gutiérrez, Padilla, al chino Chang, a Manfredo, a Fulo Murgas, Urieta y los demás? El único que no puede volver soy yo” puntualizó enérgico Polidoro. “Sé que no hay cobardía en ninguno de ustedes y como los revolucionarios deben hablar con sinceridad, les pido que levanten la mano los que consideran que deben regresar”.

Todos, excepto Rogelio Girón y Domingo García, alzaron el brazo. Polidoro pidió a Domingo que regresara con los otros. “¡Yo me quedo contigo y regreso contigo!”, respondió con firmeza Minguito. Sobre la una de la tarde fue la despedida, punzante y desgarradora. El jueves 9, después de caminar hasta pasado el mediodía portando cada uno su arma, Polidoro, Minguito y Girón alcanzaron el curso de la quebrada Grande, que corre a través de zanjones, y siguieron por la orilla, aguas arriba, por debajo de la arboleda. Estaban en los Llanos del Cuay, cerca de la casa de tío Ventura. Polidoro pisaba tierras familiares.

En esa época las tardes se tornan frías y esa fue la más fría que habían sentido los rebeldes. Donde estaban pudieron ver cómo la espesa neblina emprendía la conquista de las crestas de los cerros el Banquillo, el Gringo y el Peñón. Los tres muchachos llegaron a la vivienda del tío Ventura: una casa de quincha con pequeñas ventanas, techo de zinc y piso de cemento, situada en una explanada despejada, desguarnecida.

Los recibió Raquel María Pinzón, hermana de Polidoro, esposa de Ventura, quien al verlo lo abrazó y le dio la infausta noticia de la muerte, hacía tres días, de su hermano Rodrigo. Sorpresivamente, por una ventana, los revolucionarios advirtieron a lo lejos la aparición de los guardias, que bajaban apresurados del Puesto Ocho, situado a mayor altura, de donde realizaban vigilancia permanente con catalejos, a tres o cuatro kilómetros de la casa de Ventura.

Eran alrededor de las cinco de la tarde. Polidoro, adelante, prefirió escapar en dirección a la quebrada Grande con la intención de alcanzar el área boscosa, encubrirse bajo la empalizada y atrincherarse para defenderse. La velocidad de la huida la determinaba Girón, que avanzaba rengueando. Lograron penetrar en el monte. Cuando alcanzaron el meandro de la quebrada, Polidoro oyó el metálico ruido del montaje de un arma. “¡Al suelo!”, gritó tirándose a tierra y los otros hicieron lo mismo. Ráfagas de proyectiles atravesaron el follaje. Eran seis soldados, que desde la orilla opuesta del riachuelo disparaban fusiles M1, entre la maleza, a quince o veinte metros de distancia. La metralla era abundante.

Los proyectiles atinaron repetidamente los cuerpos de Minguito y de Girón. Echado en una hondonada, sereno, concentrado, Polidoro apuntó con frialdad entre la empalizada y disparó su Springfield sobre los enemigos. Los guardias volvieron a disparar. Polidoro hizo lo propio, tiro a tiro, con cálculo y aplomo. La neblina espesa bajaba de la montaña y ensombrecía el sitio. Cesó el fuego. Del otro lado, el sargento Lorenzo López había recibido un tiro en la mano derecha, que le ocasionaba dolor intenso y le hacía sangrar en abundancia.

 

Con la oreja parada, Polidoro no perdía de vista el desplazamiento de los guardias. Permaneció inmóvil, hasta que estuvo seguro de que aquellos habían abandonado el sitio. Luego caminó hacia donde estaban Girón y García; los auscultó y comprobó la ausencia de palpitaciones.

Cada uno tenía varios impactos de bala. Salió del lugar sin saber que igualmente él pudo ser abatido, si no hubiera sido por la herida ocasionada al sargento López con el Springfield 30-30 porque de no causarle esa baja, la patrulla habría perseguido a Polidoro hasta aniquilarlo. Fusil en mano, atormentado, Polidoro trotó por el cauce de la quebrada, aguas abajo, sin parar, agitado, hasta caer totalmente exhausto, lejos del sitio de la desgracia. La balacera de la quebrada Grande la escucharon los moradores de El Cuay y también Fulo Murgas.

Escondido en el monte, tuvo la premonición de que Polidoro debía tener relación con el tableteo; de que eran señales de su presencia. Al amanecer del siguiente día Fulo salió a caminar con la determinación de hallar al compañero dirigente, cuidándose de las rondas militares. Tras deambular con mucha hambre, se acercó a una choza deshabitada donde encontró porotos y arroz crudos y dispuso el cocimiento. Durante la espera dormitó sobre el camastro campesino. Unos guardias atraídos por el humo que remontaba el bohío, se aproximaron a la vivienda y la rodearon. Ahí, el 10 de abril, apresaron al último guerrillero.

El jefe de la escuadra era el teniente Tarito Guerrero, quien al enterarse que Fulo era hijo de don Pito Murgas, amigo de su madre, lo trató con indudable cortesía. Al llegar al Puesto Ocho, Guerrero informó la novedad al colega Boris Martínez. Este intentó en vano que le entregara el prisionero. Guerrero tenía el presentimiento de que, de entregarlo, sería torturado. Desde el arribo al Puesto Ocho el 8 de abril, Martínez y Guerrero habían tenido encontrones en relación con la jefatura. Ninguno quería someterse al otro.

Tenían discrepancias personales, algunas originadas al parecer en el sentimiento de superioridad apelado por Martínez, de ser egresado del Heroico Colegio Militar de México, esencialmente castrense, mientras que el otro oficial provenía de una academia peruana, esencialmente policial. Al día siguiente el teniente Tarito partió con Fulo Murgas para Santa Fe, de donde fue trasladado a la capital bajo arresto. Después de caminar varios días, Polidoro llegó a Las Adjuntas, en San Francisco, punto de unión de los ríos Gatú y Santamaría.

Una casa amiga le brindó protección y alimentos. Al dueño le confió la custodia del Springfield y aguardó a que los camaradas del Partido del Pueblo de Santiago dispusieran el plan de escape hacia la capital. Los copartidarios Eduardo Nito Sánchez y Zenón García tuvieron la misión de sacarlo, a través de los campos, hasta un punto de la carretera nacional, adelante del puesto policial de Divisa.

El auto Chevrolet del farmaceuta Olayo Barría, procedente de Santiago, conducido por el joven Nelson Mojica García, trasladó a Polidoro Pinzón a la capital, hasta la residencia del poeta comunista Carlos Wong. De aquí el fugitivo fue conducido a casa de la profesora Berta Cabezas, en donde permaneció escondido hasta su posterior asilo en la embajada de Brasil.

En el transcurso de la retirada de la columna principal varios guerrilleros fueron capturados, mientras que otros burlaron el cerco, arribaron a Santiago y se dispersaron. De la columna Manuel Celestino González solo apresaron a Virgilio Yiyo García y Boanerge Davis.

Días después del fracaso militar del Movimiento de Acción Revolucionaria, Tito Arias inició dos maniobras simultáneas con pretensiones de incomunicar a la capital del resto del país. Una, dirigida a tomar el cuartel de Colón; y la otra a ocupar el de La Chorrera. En el proyecto de asalto de La Chorrera estuvieron involucrados los jóvenes Floyd Britton, Luis Alberto Delgado, Heliodoro Portugal, Joaquín Baquero Núñez, César Villarroel, Alfredo Jiménez, Luis Raúl Fernández y el propio Tito.

 

Éstos zarparon el 18 de abril del Club de Yates de Balboa, en la Zona del Canal, en el yate Nola acompañados de Margot Fonteyn; mar afuera llevaron a cabo el trasbordo a la embarcación que los esperaba con las armas, excepto la bailarina, quien retorna a Panamá. El plan de arribar a la costa y penetrar por tierra a dicha población tuvo inconvenientes y forzó un desembarco azaroso en Santa Clara, Coclé, donde ocurrió un enfrentamiento con la Guardia Nacional. Joaquín Baquero Núñez murió y Floyd Britton fue herido, pero logra escapar junto con los demás correligionarios. Concluyó la aventura.

La toma del cuartel de Colón la realizaría un contingente que vendría por barco de Cuba. La coordinación de esta invasión militar había sido encomendada por Tito Arias a su pariente, el abogado Rubén Oscar Miró Guardia, quien llegó a La Habana en marzo de 1959. La expedición zarpó de Batabanó, al sur de la capital, el 19 de abril, en el buque de cabotaje Mayarí, con 97 hombres y una enfermera. Entre ellos venían los panameños Enrique Morales Brid y Enrique Picans.

El resto eran cubanos, ajenos al ejército rebelde pero ansiosos de gloria; y otros lúmpenes incitados por poder y fortuna, como el pandillero César Vega. El Mayarí debía atracar en las costas colonenses, sin embargo el timonel equivocó el rumbo y el 25 de abril la nave encalló en Playa Colorada, Comarca de San Blas. En las maniobras de desembarco murió Morales. La acción extranjera provocó un conflicto internacional; el Gobierno cubano fue acusado de exportar la revolución, e intervino la OEA.

El comandante Fidel Castro negó la vinculación de su Gobierno, recién instalado en enero de aquel año. Transcurridos varios días de negociaciones, los expedicionarios se rindieron ante la comisión de la OEA. y fueron repatriados por vía aérea. Por otro lado, después de asilarse Polidoro Pinzón en la embajada de Brasil, aparecieron Rubén Urieta y Tito Arias. Posteriormente Pinzón y Urieta viajaron a Chile y Tito a Brasil.

En 1960 el presidente don Roberto F. Chiari sancionó la ley de amnistía general que favoreció a los implicados en las insurrecciones. Polidoro Pinzón regresó del exilio. Sin embargo, en la noche del 11 de julio de 196, murió a consecuencias de una explosión producida en el apartamento donde vivía con sus hermanas, en la avenida Eloy Alfaro de la capital. Aún hoy persisten dudas sobre el origen del bombazo. Once años después del alzamiento de cerro Tute, con ocasión de una carta que el de 7 de mayo de 1970 remitiera al senador estadounidense Edward Kennedy el general Omar Torrijos Herrera,seste evocaba el enfrentamiento habido con aquellos revolucionarios:

No recuerdo, hasta hoy, un solo incidente, en los tiempos que comandaba tropas especializadas en orden público, en que la razón no estuviera de parte del grupo hacia donde apuntaban nuestras bayonetas. Cuando era capitán, sofoqué un levantamiento guerrillero dirigido por jóvenes estudiantes y orientado por una causa justa. Fui herido. El más herido de mi grupo y también el más convencido de que esos jóvenes guerrilleros caídos no representaban ni el cadáver ni el entierro de las causas de descontento que los había llevado a protestar mediante una insurrección armada. Pensé también, al leer su proclama, que, de no haber tenido el uniforme, yo hubiera compartido sus trincheras. Aquí fue donde surgió mi determinación de que, si algún día podía orientar la suerte de nuestras Fuerzas Armadas, la matrimoniaría en segundas nupcias con los mejores intereses de la patria.

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